Francisco Faig
Francisco Faig

Apretar los dientes

Hay algo sobre lo que con toda razón insiste Juan Martín Posadas y debe tenerse en cuenta: así pierda las elecciones, el Frente Amplio (FA) conservará presumiblemente alrededor de un 40% de apoyo popular.

Si se quiere revivificar la idea de un país construido entre todos, principio sustancial del Uruguay excepcional en América, estable políticamente y civilizado socialmente, no puede partirse de la base de una entera exclusión de parte tan importante de la opinión nacional.

Sin embargo, todos sabemos que sobre todo la dirigencia política que representará a ese 40% estará tentada por el aislamiento. Llamémoslo el modelo Vázquez de 1994, en contraposición al de Seregni que acabó con su fracaso y renuncia de 1996: fijar una línea demarcatoria bien clara entre un nosotros y un ellos, en la que no haya colaboración entre adversarios sino más bien enfrentamientos contra el enemigo. Se trata de la tan extendida idea leninista con la que comulga, a veces sin siquiera darse cuenta, la enorme mayoría de la renovación frenteamplista actual, y que se asienta en un amplio sentimiento de superioridad moral y de interpretación excluyente del sentido de la Historia.

No hay más verdad que la realidad. El espejo kirchnerista aquí es muy útil: El FA que pierda no será colaborativo; sus aliados sindicales se opondrán duramente al gobierno “neoliberal” que gane; se guarecerán en el seguro de paro de las dos Intendencias más importantes del país (que ganarán nuevamente en 2020); y todos ellos harán cualquier cosa con tal de ganar en 2024. El afán inclusivo podrá hacer un ademán para incorporar al FA; pero ese FA, que tendrá amplia mayoría interna radical, y sobre todo tupamara y comunista, no querrá saber de nada con esa inclusión.

La izquierda deja un país económicamente postrado; socialmente fracturado; sin esperanzas de ascenso para las clases populares; y con un cotidiano de inseguridad explosivo, sobre todo en los barrios populares. Además, alimenta con clientelismo a una ciega y amplia clase media, prendida con uñas y dientes a un relato ideologizado esputado por años desde sus bovinos centros universitarios, esos en los que se rumian sus adolescentes consignas progres. El último mejor ejemplo de todo esto parece querer ser Di Candia, ese que pasó de servir café en la Junta a ser Intendente de Montevideo sin nunca tener siquiera 5.000 votos propios, y que hoy repite orgullosamente todas las sandeces progres posibles.

Así las cosas, el espejo argentino es de nuevo muy útil. En un escenario de polarización, evitar la confrontación será un error: no hay que disimular nada de las enormes corrupciones frenteamplistas. Todo debe saberse. Y no por afán de revancha, sino porque formará parte de las condiciones de posibilidad de varios futuros gobiernos blanco-colorados. Además, el viejo consejo de Maquiavelo de tomar rápidamente las decisiones más duras, ese que el macrismo ni siquiera parece haber leído, no podrá eludirse. Eso sí: precisará, para ser exitoso, de gran consciencia y responsabilidad política compartida blanca y colorada.

Para sacar a este país del pozo, se precisa fijar un rumbo decidido que perdure por varios períodos de gobierno. Con un FA leninista y derrotado, habrá que apretar fuerte los dientes para lograrlo.

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