Francisco Faig
Francisco Faig

¡Qué año, Teté!

Es difícil encontrar en los últimos 70 años un año político tan importante como el que estamos cerrando. Habrá un antes y un después de 2019, sin lugar a dudas.

Primero, porque el país votó una alternancia en el poder. Era lo que estaba quedando pendiente para medir la fortaleza de nuestra democracia reinstaurada en 1985: que el Frente Amplio (FA), ganador de varias elecciones, perdiera y entregara el poder con total normalidad, como lo habían hecho antes en la Historia colorados y blancos. Y es lo que está pasando.

Segundo, porque esa alternancia es tan relevante como la de 1958 o la de 2004. En efecto, ocurre luego de muchos años de estar en el poder el mismo partido, y en este caso concreto además con tres victorias electorales consecutivas que, cada vez, aseguraron mayorías absolutas en el Parlamento al oficialismo. Se trata pues de un cambio de gobierno sustantivo, real y profundo, como cuando los blancos ganaron en 1958 con mayoría absoluta, o como cuando lo hizo el FA en 2004 también con mayoría propia.

Tercero, porque ese cambio de gobierno involucra a viejos y nuevos actores del sistema político. Por un lado, el Partido Colorado (PC) procesó cierta renovación que no fue en desmedro del protagonismo, impar y formidable, de Sanguinetti en todo este año. Los blancos, más duchos en esto de renovarse, generaron un liderazgo exitoso de futuro largo y promisorio como es el de Lacalle Pou, a la vez que conservaron viejas y vigorosas corrientes internas y abrieron las puertas a una novedad como Sartori. Por otro lado, luego de 30 años sin que ocurriera, logró instalarse con fuerte presencia un cuarto partido, Cabildo Abierto, que quizá termine cambiando estructuralmente la fisonomía general del sistema de partidos.

Cuarto, porque la dirigencia que llevó a los triunfos al FA quedó en retirada. No es lo que ocurrió, en comparación, con el PC de 1959 que conservó, entre otros, a Luis Batlle con su pronta conducción hacia la siguiente batalla electoral; ni es lo que pasó luego de 2004, cuando en particular Lacalle Herrera defendió con éxito un liderazgo que lo condujo al balotaje de 2009.

Este 2019 es histórico porque es el año de la derrota del FA, pero también porque será el del inicio de una renovación cuyo sello de origen quedó corrido hacia la izquierda: el peso interno de comunistas, tupamaros y socialistas radicales delineará un perfil muy alejado del histórico latir socialdemócrata que, entre 1994 y 2014, permitió a esa coalición seducir al electorado urbano y moderado. A partir de este 2019 el FA queda así enfrentado a un desafío enorme, con un guarismo electoral parecido al de octubre de 1999, y con una situación geográfica de poder en la que seguramente termine quedando limitado a las intendencias de Canelones y Montevideo.

Estos cambios impondrán finalmente una forma distinta de analizar el panorama político. El FA ya no es la expresión de la mayoría del país; el Interior, que procesó una revolución productiva formidable en estos 20 años, apoyó muy mayoritariamente a Lacalle Pou; y la renovación generacional abrirá un tiempo republicano nuevo en el que las prioridades discursivas ya no serán, por suerte, las de las viejas generaciones pre- golpe de Estado. ¡Qué año 2019, Teté!

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