Francisco Faig
Francisco Faig

Ana la chevalière

Francia decidió otorgar la distinción de Chevalier de la Légion d´Honneur a la exintendente de Montevideo Ana Olivera. En emotiva reunión, el embajador de ese país narró los méritos que adornan a la ahora Chevalière, nacida en diciembre de 1953.

Francia decidió otorgar la distinción de Chevalier de la Légion d´Honneur a la exintendente de Montevideo Ana Olivera. En emotiva reunión, el embajador de ese país narró los méritos que adornan a la ahora Chevalière, nacida en diciembre de 1953.

Como principio quieren las cosas, se refirió a las opciones juveniles de Ana. “Es la época de las pasiones, de todos los sueños, de todas las experiencias revolucionarias en esta América Latina en plena ebullición. Su participación en los movimientos estudiantiles, su activa militancia, la obliga a pasar a la clandestinidad, con apenas 18 años, cuando la dura represión comienza a abatirse sobre su país”, dijo. Para referirse al exilio de Ana, recordó que “Cuba la recibe entonces, como a muchos exiliados políticos que pudieron escapar a las garras de los regímenes militares instalados prácticamente en todo el continente”.

Monsieur l´Ambassadeur mostró tener así una visión latinoamericana que parece inspirada en Tintin et les Picaros. Naturalmente, ella incluye a Uruguay. Es cierto que en 1972 había aquí una dura represión. Pero también lo es que Ana no estaba en la primera línea de la defensa de los valores de la República francesa, con aquello de Libertad-Igualdad-Fraternidad, sino que, como buena comunista, buscaba destruirlos por ser una fantochada formal y burguesa. Francia sabe que Cuba no era en aquel entonces, ni lo es ahora, sinónimo alguno de vitalidad democrática. Sabe pues que Ana escapó de ciertas garras, pero que pasó a morar en un régimen que tenía las suyas afiladas, con presos políticos y violaciones cotidianas a los derechos humanos. Sin embargo, Ana no sufrió por ello ningún desvelo.

Aunque martirice al romántico mito del “bon sauvage” sudamericano siempre revolucionario por causas justas, importa respetar la dignidad de los hechos históricos. Las pasiones y los sueños a los que refirió el embajador francés fueron delirios totalitarios que hirieron de muerte a una de las mejores democracias del mundo. Conviene saber, por ejemplo, que el índice de Gini de Montevideo a fines de los años 70 era mejor que el de los tiempos de Ana intendente. Si Monsieur l´Ambassadeur compara la represión de Charles de Gaulle de octubre de 1961 contra decenas de franceses argelinos asesinados a balazos o arrojados para que se ahogaran en el Sena, con los dispositivos de Pacheco de 1971, notará que su país nos sacaba ventaja en eso de reprimir duramente.

El embajador francés no es el primero ni el más importante en propalar un relato impreciso de nuestra historia de aquellos años. Ya en su visita de 2011, por ejemplo, el secretario general de Naciones Unidas había felicitado al por entonces presidente Mujica por su “liderazgo y compromiso de toda la vida con la democracia”, cuando en realidad cualquiera que conozca del asunto sabe que algo parecido recién quedó firme luego de los episodios del Filtro de 1994.

Finalmente, es claro que estos temas no concitan atención. En el país del guiso más grande del mundo a nadie importa lo que verdaderamente pasó hace medio siglo. Empero, así sea con espíritu lúdico, cierto imperativo moral obliga a señalar la mentira orwelliana. Y cierta vergüenza ajena recomienda a Monsieur l´Ambassadeur evitar la visión del mundo “à la Tintin”.

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