Fernando Savater
Fernando Savater

Traductores y traidores

La iniciativa de la productora Netflix de subtitular en un español “neutro” el sabroso chilango que hablan los personajes de la película “Roma” de Alfonso Cuarón ha despertado una oleada casi unánime de repulsa, hasta el punto de que Netflix ya ha retirado esos subtítulos.

Me gustaría hacer algún comentario al respecto, desde la relativa imparcialidad de quien afortunadamente está familiarizado con el habla mexicana y no necesita tales prótesis.

Empiezo por decir que estoy absolutamente a favor de la traducción en general, uno de los pilares del universalismo cultural. No pienso aprender chino o japonés pero me alegro de que otros lo hayan hecho por mí y me faciliten entender el Tao-te-king o “Las bellas durmientes” de Kawabata.

Gran parte de lo más importante filosóficamente que he leído en mi vida estaba escrito en griego, alemán o danés, lenguas que no conozco, y también son los traductores los que me han permitido acceder a Tostoi, Dostoievski o Chéjov. Ya sé que muchos autores -probablemente todos los que tienen verdadera calidad literaria- pierden matices e incluso más al ser traducidos, porque yo mismo he sido traductor y sé de qué va el asunto.

Pero estoy convencido de que lo esencial del sentido sí puede pasar en su mayor parte de una lengua a otra, aunque lo muy idiosincrásico o lo folklórico se queden pegados en los modismos de cada cual.

Y no es cierto que hablar o escribir sea simplemente fabricar una especie de música verbal, que arrulle por su sonido: no hay creación en la que intervengan palabras que no quede mutilada si esas palabras no pueden ser comprendidas, además de simplemente escuchadas o leídas como enigmas armo- niosos.

No solo estoy a favor de las traducciones, sino también de la actualización razonable en vocabulario y puntuación de textos antiguos en lenguas que conozco. Gracias a eso he podido disfrutar de Rabelais y Montaigne, de Chaucer y Shakespeare, o del propio Cervantes (véase por ejemplo la estupenda versión del Quijote realizada por Andrés Trapiello).

Conservar a toda costa el original intacto (que por otra parte siempre estará a nuestro alcance cuando queramos consultarlo) equivale a valorar en un cuadro de hace siglos tanto la realización del artista como las manchas de humedad y polvo sedimentado que la oscurecen hasta desfigurarla a nuestros ojos.

Bienvenido sea cuanto nos permite disfrutar sin trabas esas creaciones, porque ningún arte tiene ni tuvo vocación de silicio.

Y por tanto bienvenidos sean también los subtítulos en el cine y las versiones teatrales y los letreros que aclaran desde hace poco en las óperas lo que dicen los cantantes. Quien todo dice disfrutarlo solo en su prístina y recóndita pureza o es un gran sabio, por lo cual lo admiro sin imitarle, o un pedante en cuyo caso... Bueno, dejémoslo estar.

Pero el ejemplo que ha dado lugar a esta nota consiste en una traducción del espa- ñol actual de México al español actual de España.

Recuerdo otro, no de una película sino de un libro. Cuando “Ética para Amador” iba a distribuirse en Argentina, algunas personas ligadas con mis editores de allá me recomendaron muy seriamente que el libro fuese sometido a una “argentinización” para evitar los modismos demasiado hispánicos y acercarlo a los jóvenes lectores. Me negué porque creía (y sigo creyendo) que esas diferencias entre expresiones o giros verbales, nada insalvables, son un acicate para el lector curioso y no un obstáculo.

Precisamente la grandeza de nuestra lengua es su diversidad de tonos y peculiaridades que la enriquecen sin desvirtuarla. ¿Por qué dar por supuesto que el lector o espectador son tan perezosos como estúpidos a la hora de ampliar su registro verbal? Rechazar las novedades en el lenguaje que compartimos es como ir a México o Perú, que tienen cocinas deliciosas, y empeñarse en comer en todas partes paella o fabada.

Además, en una película no solo se habla con palabras, también puede intuirse el sentido de lo dicho por gestos o situaciones. “Roma” subtitulada es un film castrado, lobotomizado. Me recuerda aquel viejo chiste del que fue a la playa y justificaba no haberse movido de la toalla diciendo “no nado nada porque no traje traje”, lo que otro traducía a los oyentes como “no se baña porque ha olvidado el bañador en casa”.

Traduttore, traditore, asegura un dicho italiano. No siempre es el caso, ni mucho menos, pero en esta ocasión y otras semejantes desde luego que sí.

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