Fernando Savater
Fernando Savater

Pasaporte cultural

Existen sin duda muchas formas de cultura. Me atrevo a decir que no todas son igual de recomendables o urgentes.

Por supuesto los tipos de comida y bebida, la conducción de automóviles, motocicletas y hasta los patinetes eléctricos, el juego de los bolos, los tiovivos de las ferias, la costumbre de mascar chicle, los enanitos que adornan el jardín y las ingeniosas reflexiones que suelen escribirse en las paredes de los wáteres (con sus dibujos hiperrrealistas correspondientes) son sin duda manifestaciones culturales. También las minas contra personas y los misiles intercontinentales, las herramientas de tortura, las fiestas de sociedad…

La palabra "cultura" no lo justifica todo, porque todo lo que hacemos los humanos para entretener la espera de la muerte, sea mejor o peor, cabe dentro de esa voz amplia y engañosa.

Pero hay un uso más restringido de "cultura" que se refiere a las creaciones humanas que no son simples herramientas para cubrir nuestras necesidades o protegernos de los peligros, sino que dan contenido a la vida, le marcan objetivos y crecen a partir de nuestra imaginación. En este caso quizá debamos hablar de arte y no simplemente de cultura.

Cualquier forma de arte, sea literario, plástico o musical aspira a fraguar algo así como la copia de seguridad del mundo, que resguarde y amplíe el perfil humano más allá de cuanto perpetuamente le amenaza.

Seguir las artes, cualquier arte, es rastrear las trazas palpitantes de nuestro paso como especie por este planeta,,,y quizá mañana por algunos otros más.

Los más jóvenes son siempre, implícita o explícitamente, los destinatarios preferentes del arte. Y los que mas largo provecho pueden sacar de él, cuando traban conexión adecuada con su riqueza.

Pero ese tesoro, cuyo valor auténtico no puede medirse con parámetros meramente crematísticos, queda a veces fuera de su alcance por razones precisamente de dinero. De ahí la importancia de cualquier iniciativa gubernamental que favorezca el acceso de los jóvenes a las producciones artísticas de todo tipo, desde las más clásicas a las mas experimentales, desde las que conservan las tradiciones a las que son desafiantemente innovadoras.

Por eso he celebrado sinceramente la iniciativa del Ministerio de Cultura de la ciudad de Buenos Aires: crear una tarjeta o pase cultural que ponga cada mes a disposición de sus usuarios una cantidad fija de crédito que pueden invertir en libros, conciertos, demostraciones artísticas, etc…

Es un primer paso pero abre las puertas y estimula a seguir explorando más allá. Como cualquier pasaporte, facilita el acceso a lo que nos parecía vedado por las circunstancias: a partir de ahí, cada cual debe ir creando su propio y valioso camino.

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