Fernando Savater
Fernando Savater

La democracia imprevisible

Hay dos aspectos de la democracia que suelen disgustar incluso a los más sinceros demócratas. Por una parte, los ciudadanos, a la hora de votar, son demasiado influenciables por los políticos menos recomendables y más demagógicos que los manipulan en la dirección menos sensata; por otra, los antedichos votantes se muestran inasequibles a los esfuerzos mejor orquestados y financiados de quienes tratan de encauzar sus elecciones por el buen camino. O sea: los ciudadanos son a menudo maleables cuando menos convendría que lo fuesen y en cambio desconcertantemente rebeldes cuando sería aconsejable su docilidad a quienes más saben. Ello, claro está, dando por supuesto que nosotros, los que así juzgamos, sí que sabemos quiénes son indeseables demagogos y qué es lo que conviene al pueblo supuestamente soberano...

Suelen ser los referendos el tipo de comicio que más se presta a resultados que desafían la paciencia de los ciudadanos de mejor sentido común, como usted y yo, estimado le

Hay dos aspectos de la democracia que suelen disgustar incluso a los más sinceros demócratas. Por una parte, los ciudadanos, a la hora de votar, son demasiado influenciables por los políticos menos recomendables y más demagógicos que los manipulan en la dirección menos sensata; por otra, los antedichos votantes se muestran inasequibles a los esfuerzos mejor orquestados y financiados de quienes tratan de encauzar sus elecciones por el buen camino. O sea: los ciudadanos son a menudo maleables cuando menos convendría que lo fuesen y en cambio desconcertantemente rebeldes cuando sería aconsejable su docilidad a quienes más saben. Ello, claro está, dando por supuesto que nosotros, los que así juzgamos, sí que sabemos quiénes son indeseables demagogos y qué es lo que conviene al pueblo supuestamente soberano...

Suelen ser los referendos el tipo de comicio que más se presta a resultados que desafían la paciencia de los ciudadanos de mejor sentido común, como usted y yo, estimado lector. Ya el Brexit avisó que pueden pasar más cosas en las urnas de las que nuestra filosofía conoce. Pero el resultado del referéndum sobre el acuerdo de paz en Colombia ha sido aún más sorprendente. Si de algo se puede acusar a la campaña a favor del “Sí” es de un exceso de celo. Su propaganda se desplegó con apabullante derroche financiero en todos los medios de comunicación, siendo apoyada por las más destacadas personalidades colombianas y extranjeras, incluso reforzada a veces con promesas venales o intimidaciones poco disimuladas. En España, un vocinglero se permitió amenazar con el ostracismo a un jugador de fútbol colombiano si no apoyaba públicamente el Sí, mientras dividía a los votantes en hijos de la luz -los del Sí- y representantes del poder de las tinieblas, los otros. Hasta la pregunta misma en la papeleta de voto era sesgada e incluía el apoyo a la paz como parte del contenido del Sí, dando a entender que los que prefiriesen votar el “No” preferían que siguiese la efusión de sangre. Y sin embargo...

Pues la gente se abstuvo, incluso en mayor proporción de la ya muy grande que se temía. ¿Desconcierto, indecisión o repugnancia ante un planteamiento en el que nada estaba suficientemente claro? ¿Miedo al triunfo de cualquiera de las partes? Todas las encuestas pronosticaban la victoria del Sí, pero finalmente ganó el No por un estrecho margen. Solo un sectarismo lunático puede creer que eso demuestra que la mayoría no quiere la paz: lo que piden es un acuerdo mejor. De las excesivas concesiones en el que se proponía, no sólo habló Uribe y otras figuras políticas, sino organizaciones nada belicistas como Human Rights Watch. Y sin duda el Nobel de la Paz al presidente Santos hubiera sido más equilibrado y popular si lo hubiera compartido no con el siniestro Timochenko, sino con sus antecesores Pastrana y Uribe, indispensables en ir desbrozando el camino hacia un acuerdo justo... que aún no ha llegado. Lo cierto es que, sea para mejor o para peor según criterio de cada cual, la democracia siempre alberga una gloriosa incertidumbre, como decimos los hípicos de las carreras de caballos.

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