Fanny Trylesinski
Fanny Trylesinski

¿Será la economía (estúpido)?

En estas últimas semanas se han conocido varias encuestas de opinión pública cuyos resultados ameritan algunas reflexiones.

En primer lugar se destaca un pronunciado descenso en la intención de voto de la coalición gobernante. Los descontentos votantes del Frente Amplio se refugian en el voto en blanco y anulado o pasan a engrosar el casillero de no sabe/no contesta.

Como si esto fuera poco la simpatía del presidente Váz-quez toca mínimos históricos y el juicio sobre su gestión está muy por debajo del de los períodos anteriores.

Estos resultados son compatibles con una clara disconformidad de amplios sectores de la población con el gobierno (incluso de sus propios votantes).

La pregunta que nos surge es, ¿este descontento, enojo, descreimiento hacia el gobierno y su sostén político, el FA, tiene causas económicas?

Es cierto que 2015 y 2016 no fueron años brillantes para la economía uruguaya y que la población fue sometida a una sucesión de ajustes fiscales extendidos en el tiempo cuya última entrega se produjo al inicio de 2018, desatando el descontento de los sectores de la producción.

También es cierto que la situación fiscal y la necesidad de mantener la calificación crediticia han obligado a esta administración a abandonar la peculiar compulsión al gasto público que ha caracterizado a las anteriores del FA.

El gasto sigue aumentando pero básicamente por compromisos adquiridos en años anteriores, lo que elegantemente el equipo económico llama "gasto endógeno" como diciendo "yo no fui". Los incrementos de recaudación se aplican a financiar ese incremento de gastos que ya tomó vida propia, pero re-corta las posibilidades de aumentos en otras áreas.

También es cierto que los salarios y las pasividades han crecido por encima de los precios y el salario real lo ha hecho por encima del PBI.

Las peores noticias para la gente han sido los aumentos de tarifas e impuestos a la renta personal y la caída del empleo que no para desde 2014. Sin duda ya no estamos transitando la década de esplendor que permitía que la inmensa mayoría de los uruguayos percibieran una mejora continua de su situación económica.

Parecería que una buena parte de la población se había acostumbrado a lo bueno y esta mediocridad ya no le satisface.

En síntesis, no parece ser la economía el problema. Si bien no tiramos manteca al techo, la situación actual no es dramática, siempre que nos olvidemos de quienes no consiguen trabajo o de las futuras generaciones que pagarán este festival de gasto público.

Entonces el problema está en otro lado: incompetencia e insensibilidad de los gobernantes para solucionar los alarmantes problemas de inseguridad que padecen los uruguayos y sobre todo los más pobres. También las denuncias de mala gestión y sospechas de corrupción donde lo que sucede en la región juega como telón de fondo que refuerza la creencia en que cosas similares puedan ocurrir en Uruguay. Lamentablemente estos problemas no se solucionan consiguiendo quien preste dinero barato y teniendo buena nota con las calificadoras de riesgo.

Quizás es demasiado pedir soluciones a un gobierno que ante su incapacidad de alcanzar logros perdurables se ha conformado con perdurar sin sobresaltos.

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