Enrique Martínez Larrechea
Enrique Martínez Larrechea

Un futuro posible

Una formación docente de alta calidad es el factor central de una educación de calidad. No el único factor, pero sí el más importante.

La evidencia aportada por la educación comparada es concluyente al respecto. Si el país quie-re contar con una educación de calidad en un futuro mediato, deberá acometer en el corto plazo una reforma estructural en este sentido.

Por ello la formación y el desarrollo profesional docente constituyen una de las propuestas centrales de Eduy21, junto a las relativas a evaluación de aprendizajes, gestión de los centros educativos, diseño curricular y estrategia pedagógica, dimensiones socioeducativas y recursos para el sistema educativo. (Eduy21, 2018).

En esta breve nota, con base en las propuestas del Libro Abierto de Eduy21, intentaremos abordar algunas cuestiones relativas a este núcleo de central relevancia para las políticas educativas.

¿Cuál es la situación actual? La formación y el desarrollo profesional docentes enfrentan serias dificultades. El sistema educativo no cuenta con el número suficiente de docentes titulados, especialmente en el nivel medio, a pesar de que, en la última década, estos pasaron del 59 al 67%. En promedio, y de acuerdo con cifras preliminares del censo de docentes de 2018, solo un 70% en promedio posee titulación docente.

La matrícula creció en el período 2000-2017, con variaciones importantes a lo largo del mismo (con picos de caída en 2006, 2009 y 2015). Este crecimiento contrasta con el descenso de los niveles de egreso, que pasó en Magisterio, entre 2005 y 2017, de 1.414 a 712, y en el Profesorado de 743 a 709, una cifra apenas superior a la del año 2000: 602 egresos (MEC, 2017).

Los profesores se enfrentan a condiciones de multiempleo, con un 40% trabajando en al menos dos centros y con un 18% trabajando en tres o más centros (Ineed, 2017). Esto afecta fuertemente -como lo señala el Ineed- un aspecto clave: la conformación de equipos docentes estables, conformados por profesores que ejercen preferentemente en uno, o dos, centros educativos.

Contra esa estabilidad conspira además un peligroso mecanismo desprofesionalizante: la llamada “elección de horas”, a la que están sujetos incluso los docentes efectivos. Adicionalmente, el sistema promueve un tipo de distribución de los docentes según contextos sociales de carácter regresivo.

Además, la formación docente para enseñanza media continúa siendo fuertemente asignaturista, como si la variable independiente del proceso de aprendizaje fueran esos particulares recortes de la realidad. ¿Por qué no pensar en la formación de educadores generales que, además, se especialicen luego, también, en ciertos campos y asignaturas?

Todo ello afecta los niveles de satisfacción de los educadores y la valoración social de la profesión, que hoy se impone promover y dignificar en forma concreta: por medio de mejores condiciones de formación, de iniciación, de desarrollo profesional, de condiciones de trabajo y de retribución.

Históricamente, el país ubicó a la formación docente fuera del ámbito universitario. Más recientemente, (con antecedentes en el plan educativo de la CIDE) se asume que la formación inicial y de posgrado de los docentes puede y debe desarrollarse en el ámbito superior y universitario.

Sin embargo, el Estatuto del Personal Docente se estructura en torno a una carrera docente de características burocráticas, basada en la llamada “antigüedad calificada”, en la que la antigüedad lisa y llana es el componente principal.

La propuesta de Eduy21 identificó algunas medidas prioritarias, dirigidas a dar una respuesta sistémica a esta situación, en estrecha conexión con los requerimientos de un nuevo modelo educativo (una educación básica y media comprensiva y polivalente, a lo largo de todo el ciclo formativo entre los 4 y los 18 años). Expondremos brevemente algunas de estas líneas principales, que en otra oportunidad podrán desarrollarse.

Se apunta a incentivar y apoyar con becas el ingreso de los mejores candidatos a la formación docente.

Es necesario mejorar la calidad de la formación inicial docente. Para ello y en un proceso de consultas que involucre a los actores legítimos, deberá transformarse el currículum de la formación inicial docente, de manera que su duración, estructura y características se correspondan con la formación de nivel universitario.

Es oportuno indicar que el Consejo de Formación en Educación actual ha planteado en este período algunas de estas transforma-ciones.

Son centrales la buena formación en el campo del conocimiento disciplinar e interdisciplinar de que se trate; se requiere un componente razonable de formación pedagógica y sobre todo un buen desarrollo de las prácticas docentes, acompañadas por pares y tutores.

La formación debe acompañarse de competencias hoy escasamente presentes: el “uso de tecnologías de la información y la comunicación, la enseñanza en clases más complejas y con mayor diversidad sociocultural y la integración de estudiantes con necesidades educativas especiales” (Ineed, 2017).

Todo esto requiere generar un marco descriptivo de capacidades y competencias profesionales, genéricas y específicas.

Resulta fundamental la promoción de la formación de posgrado y de formación continua de los docentes, una tarea que fue asumida inicialmente, en el nivel de maestría, por las universidades privadas y recientemente (en forma acotada) por la Universidad de la República.

Se requiere asimismo transformar la carrera docente y optimizar las condiciones de trabajo y de retribución, a través, entre otras medidas, de una modificación del estatuto docente, que establezca incentivos adecuados a la formación continua y de posgrado, al trabajo en equipo, al desarrollo de aptitudes docentes, a la creatividad y a la apuesta por la innovación pedagógica.

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