El miedo al debate

FRANCISCO GALLINAL

La fórmula Lacalle-Larrañaga ha aceptado un debate televisivo con la fórmula Mujica-Astori. Lo ha aceptado porque es la única manera de pagar una deuda con la ciudadanía, ineludible en las democracias contemporáneas: la confrontación directa, serena y esclarecedora entre quienes aspiran a encabezar el Poder Ejecutivo.

Tanto Lacalle como Larrañaga vienen proponiendo, desde la campaña previa a la primera vuelta, el debate de los candidatos a la Presidencia, por un lado, y el de los candidatos a la Vicepresidencia, por otro.

Propuesta natural, consagrada por la práctica casi universal en la materia. Intercambio directo, desempeño de personalidades sin mediadores, una ante la otra. No para chocar, menos para agredirse; sí para medirse y para que los mida la atenta consideración de los sufragantes.

La empecinada negativa del señor Mujica, ha hecho imposible aquella discusión. Por eso aceptan Lacalle y Larrañaga esta complicada comparecencia de cuatro figuras, que deberán repartirse el tiempo disponible. Peor sería, sin embargo, que no hubiera confrontación alguna.

Los candidatos Mujica y Astori han exhibido un verdadero temor a la situación de debate presencial. Han preferido afrontar la decepción de la opinión pública que a sus adversarios en el balotaje. Las razones de esa actitud no resultan para nada misteriosas.

Residen algunas en las dificultades del primero de ellos para sostener por tres o cuatro minutos una exposición mínimamente lógica acerca de un punto concreto. Para completar una definición estable. Para no deslizarse prontamente hacia el chascarrillo o, con mayor frecuencia, hacia el adjetivo cargado de agresividad.

Pero otros motivos de aquella actitud de rehuir la polémica directa se encuentran en la propia fórmula frenteamplista, armada a fórceps y mantenida con la condición de que no se asuman compromisos claros. Mujica y Astori actúan juntos porque han postergado "para después de la elección" los aspectos medulares de una gestión gubernamental.

Recuérdese que Astori puso por escrito condiciones para aceptar la candidatura vicepresidencial y que Mujica rechazó ese documento. La fórmula, por tanto, sólo puede manifestarse en la vaguedad. Rehuir el debate constituye una defección cívica. No vulnera expectativas de los antagonistas sino de los sufragantes. Y algo más.

Un candidato presidencial debe ponerse en situación de debate porque ésta acreditará su competencia para el cargo al que se postula. ¡Cuántos "mano a mano" le llegarán, de ser Presidente! Y a todos nos interesa experimentar capacidades para esos trances difíciles, antes de dar nuestro voto a uno de los aspirantes.

Nos interesa observar cómo procesa cada uno de éstos un argumento novedoso, un planteamiento crítico, un problema establecido en términos no convencionales. Gobernar no consiste en levantar el aplauso fácil de adictos, ni responder a entrevistadores complacientes. Gobernar consiste en resolver con prudencia y sagacidad, en condiciones de urgencia, valiéndose de los saberes y las aptitudes del gobernante y de un equipo numeroso y variado.

El debate cara a cara proporciona información relevante a quien tiene en definitiva la última palabra.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar