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Dos mundos aislados. Por Martín Aguirre

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Empecemos con una confesión. Buenos Aires nos resulta una ciudad hostil, violenta, gris, alienante. Y, a contrapelo del 99% de los uruguayos, esquivamos cruzar el charco como un mosquito al espiral. Pero esta semana no tuvimos más remedio, porque un evento nos convocaba de manera irresistible. Una conferencia, organizada por los amigos del Instituto Cato, traía al Río de la Plata a la crema y nata del mundillo liberal.

Premios Nobel y figuras de la economía como James Heckman o Dredidre McClosckey, debilidades personales como Johan Norberg, Bjørn Lomborg, o Marian Tupy (que está el lunes en Montevideo), además de la chance de escuchar en directo a Elon Musk. Apostilla: Musk, a quien vemos con cierta desconfianza, superó todas las expectativas.

Por último, la chance de escuchar en vivo a toda la cúpula del gobierno actual argentino, Caputo, Mondino, Sturzenegger, y al propio Javier Milei en el cierre del evento. Sinceramente, Caputo fue muy interesante, Milei un plomo.

Más allá del arranque habitual, y algún agravio original aquí y allá, su charla fue de lo más anticlimático, hablando horas de “puts”, pasivos remunerados, y cosas de economía totalmente fuera del alcance del humano medio.

Pero el evento, y la breve visita a esta convulsionada Buenos Aires, nos permitió sacar algunas conclusiones interesantes.

El arranque de la campaña electoral publicitaria deja en claro que no estamos tan lejos de la polarización que azota a Argentina

La primera, el fervor y curiosidad que genera Milei en el mundo liberal global. Se trata en general de un mundillo bastante endogámico, académico y, con perdón de los amigos, un poco despegado del mundo real. Milei no podía ser algo más extraño para esta gente. Pero su capacidad de comunicación con la masa, su forma sin complejos de defender sus ideas, y su aspereza al confrontar, los tiene embobados. Los que dicen que Milei es un “fenómeno barrial” se equivocan. Hoy es alguien en quien el mundo ha puesto los ojos, y donde le vaya más o menos bien, su proyección global es muy real.

Pero esa sensación es diferente en Argentina. Allí se palpa un corte generacional bien marcado. Los liberales y gente conservadora mayor de 50, en general, lo miran con gran desconfianza. O sea, les gusta, pero no lo compran, y lucen escépticos sobre el futuro. Tal vez por eso el ministro Caputo dedicó su discurso a decir que las reformas esta vez son en serio, en un intento por convencer a la gente a invertir y jugársela.

Los menores de 50... es otro mundo. Milei es Dios, y festejan cuando aparece o simplemente se lo menciona, como si fuera una versión política de Taylor Swift.

A tal punto que Álvaro Vargas Llosa abordó el tema de manera directa. Dijo que veía con alarma a muchos viejos compañeros de las ideas liberales, gente que sostuvo en soledad esta visión en Argentina durante décadas, y en buena medida gracias a quienes hoy Milei puede estar donde está, empacados con el proceso, y criticando sin mayor sustento. Como si en el fondo prefirieran seguir siendo una minoría al costado del camino, refunfuñando sin tener que comprometerse con resultados concretos. Algo de eso hay.

Pero el mayor impacto fue ver la magnitud de la bipolaridad que vive la sociedad argentina, y la capacidad que da el mundo actual para generar realidades paralelas y antinómicas, en una misma sociedad.

Uno ya está acostumbrado a prender la TV y ver que de acuerdo a si selecciona La Nación+ o C5N se puede ver dos universos independientes. Aunque los amigos de La Nación no tienen el mismo abroquelamiento de otros tiempos, y muchos le pegan a Milei hasta de forma absurda. Una nota de Alconada Mon criticando a Milei porque sus padres se beneficiaron de subsidios por tener una empresa de transporte...

Pero lo distinto es cruzarse por Plaza de Mayo con cientos de personas desencajadas y amenazantes que iban a protestar al Congreso contra la Ley Bases, para quienes parece que se acaba el mundo, y a las dos cuadras estar rodeado de gente que grita a por Milei como si fuera “el Diego”.

Sí, siempre hubo cámaras de eco, y los argentinos tienen una capacidad única para esa bipolaridad apasionada. Pero hoy realmente se percibe como si hubiera dos países ajenos, en uno. Una realidad tóxica que debe hacer imposible pactos mínimos para poder sacar adelante un país.

Ahí nos salió el chauvinismo uruguayito de adentro, y pensamos “qué suerte que de nuestro lado es tan diferente”. La alegría duró poco. Apenas llegar y prender la TV local nos brindó una cachetada con el arranque de la publicidad electoral. ¡Hablame de dos realidades paralelas! Ver los avisos de uno y otro lado es como si hablaran de dos países distintos. Para un lado, en 4 años nos convertimos en Haití, para el otro, en Dinamarca. Está bien que es una campaña interna, pero si después del 30 de junio sigue la misma tónica, va a ser difícil alcanzar a ese grupo menos politizado que va a definir la elección. Ni hablar para el día después.

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