Rodolfo Sienra Roosen
Fue en mayo de 1989 cuando mi amigo Daniel Scheck me invitó a integrarme al equipo de la página política del diario. Semejante honor respondía al objetivo de que en aquél año electoral, todos los sectores nacionalistas estuvieran presentes, y Daniel pensó en mí como militante de Por la Patria. Sin necesidad de consultar a mi querido Alberto Zumarán -que acaba de recibir un homenaje más que merecido por su trayectoria, que ya está registrada en la Historia con mayúscula del Partido Nacional- desde la experiencia de lo que sería una improvisación, acepté de inmediato.
Muchos años han pasado desde entonces, y además de los lazos familiares que me unen a varias de las primeras figuras de antes y de hoy de El País, mantengo el mismo orgullo de la permanente colaboración, del afecto con que soy recibido y trato de transmitir a quienes quiero como personas y admiro como periodistas. Aquél ofrecimiento me marcó la vida.
Al cumplir ahora El País sus noventa jóvenes años, quiero dejar constancia de mi gratitud a todos, pero personalizándola a quien lo siento como padre -porque lo ha sido y lo es- como maestro, como consejero, como amigo. Me refiero al Dr. Enrique Beltrán.
Hace unos días en esos paréntesis que se nos crean en la actividad de rutina, quien tiene necesidad de tener siempre su mente ocupada con las cosas que siente como grandes aunque sean chicas para el mundo, volví a uno de mis recursos preferidos, a repasar informalmente historia.
Y cayó en mis manos "El Recodo" de Enrique. En ese tesoro que recopila algunos de sus artículos, me encontré con uno que no puede dejar de recordarse en estas ediciones que están conmemorando el aniversario. Escrito hace exactamente diez años, se titula "Entre El País y yo", porque quiso seguramente no la casualidad, sino un designio de lo más alto del más allá, que Enrique y el diario nacieran el mismo año, en 1918.
Enrique, el 4 de febrero, admite que le sacó alguna ventaja, pero que no había salido de la etapa de sus sueños cuando su padre, Leonel Aguirre y Eduardo Rodríguez Larreta, y al poco tiempo apuntalado por la severa administración de Carlos Scheck, forjaron este pedazo de historia que ya rebasó la mitad de los años de vida de nuestro Uruguay.
Aquella tragedia -sangre de su sangre en el campo del honor cuando apenas era un niño- le marcó el destino de formarse en el diario una buena parte de su escenario vital.
Y que mientras le caían los años y con ellos se le achicaba el trillo y reducían los emprendimientos, algunos refugiados en los sueños y los más en los recuerdos.
Sin embargo diez años más tarde, luego de ocupar la dirección, este decano del periodismo nacional está timoneando la redacción del diario desde el cargo que le calza a la medida, el de "director consultor". Y desde allí sigue siendo padre y maestro.
Diez años atrás, Enrique terminaba aquella nota diciendo "mientras sigo mi camino flechado hacia el final del crepúsculo, admiro al otro -se refiere al diario- que lo tomó en sentido contrario. Mientras continúe próximo a él, siento que la juventud no se me escapó del todo". Y hoy, diez años después, más que próximo a él está en la cabina del piloto. Y en cualquier alternativa, cuando llegue el Centenario, Enrique y su juventud van a estar marcando a fuego como hoy la más fuerte de las presencias en la grandeza de "El País".
Hay huellas que no se pueden borrar.