Diego Fischer
Diego Fischer

La última nostalgia

Curioso, pero somos el único país que celebra la nostalgia. Paradójicamente, esta noche miles de compatriotas saldrán a festejar un sentimiento que es afín con la tristeza y no con lo festivo.

No obstante, desde que en 1978 Pablo Lecueder creó la Noche de la Nostalgia, su invento se fue convirtiendo en la fecha del año en la que más gente sale a divertirse.

No hay dudas, en los uruguayos el tango, la morriña gallega, los cuentos de Mario Benedetti y algunas novelas de Juan Carlos Onetti, calaron tan hondo que nos condicionan hasta el punto de celebrar lo que, en otros lados del mundo, llorarían. ¿Hay algo de malo en ello? En absoluto. Está bueno que restoranes, boliches (en mi época se llamaban boites) y clubes hagan su agosto esta noche.

El diccionario de la Real Academia Española (RAE) tiene dos acepciones para la palabra nostalgia: “Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos”. O “tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”.

Ambas son aplicables al Uruguay de hoy. Suman decenas de miles los jóvenes compatriotas, en su mayoría altamente calificados, que han emigrado porque su país no les brinda un horizonte. Si en la década de 1970, miles de orientales se marcharon por razones políticas y en el 2002 por motivos económicos, en estos últimos cinco años lo han hecho y lo hacen por falta de porvenir. Han cursado sus estudios terciarios aquí y a la hora de incorporarse al mercado laboral se encuentran con que las oportunidades son ínfimas y cuando las hay, las condiciones son inaceptables.

“No te vayas hermano, ha nacido una esperanza”, era una de los eslóganes más publicitados del Frente Amplio en 1971. ¿En qué quedó eso, luego de quince años de gobierno en el período de bonanza económica más importante e ininterrumpido de la historia del país?

La segunda acepción del término, tiene también una enorme vigencia. La tristeza melancólica por una dicha perdida, no es más que la añoranza por valores que los uruguayos creíamos imbatibles. Eran parte de nuestra identidad como país y de orgullo nacional. La enseñanza de calidad, la ley ante todo y por, sobre todo, la seguridad en las calles, la cultura del trabajo, el ascenso social y la superación personal a través del esfuerzo. También nostalgia por un Estado que siempre fue ineficiente y voraz, pero nunca rapaz como el que hoy castiga y espolia a los trabajadores que más trabajan y a los empresarios.

Qué decir de Montevideo. Hace tantas décadas que gobierna la izquierda que hay que trasladarse mucho en el tiempo para tener una imagen de una capital bien cuidada y administrada por sus gobernantes y querida por sus habitantes. Hace treinta años de eso, en aquella ciudad, Adeom no cogobernaba y mucho menos ocupaba o tomaba por asalto el despacho del intendente.

No hay mal que dure cien años ni tiento que no se corte, dice Martín Fierro. Por eso, propongo que en esta Noche de la Nostalgia, celebremos el fin de las añoranzas que nos duelen. Aquellas que transformaron, y no para mejor, a nuestro país. En un par de meses, los orientales decidiremos, en las urnas, si el año que viene nos abocaremos a construir el futuro del Uruguay o seguiremos sumergidos en la pena.

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