Diego Fischer
Diego Fischer

El sobretodo gastado

Un hombre discutía con vehemencia con el canillita de Florida y Córdoba. Hablaban de política, el hombre llevaba en la mano La Nación. Vestía un sobretodo piel de camello que acusaba muchos inviernos, sus zapatos también, a pesar de que lucían bien lustrados.

El hombre rondaba los setenta años y era un típico porteño cuya indumentaria revelaba que conoció tiempos mejores. Dijo estar jubilado.

El diariero trabaja en ese quiosco hace casi 30 años. Empezó cuando Alfonsín se marchaba de la Presidencia corrido por la hiperinflación. Tomaba, entonces, el bastón de mando Carlos Menem, el de un peso, un dólar y la pizza con champagne. A partir de entonces y hasta ahora, ese canillita ha sido testigo privilegiado desde una icónica esquina de Buenos Aires y de los diarios que vende, de lo sucedido en la Argentina.

El lunes 3 de setiembre, se enfrascó con el hombre del sobretodo gastado en una polémica acerca de las medidas que, horas antes, el gobierno de Mauricio Macri anunció. Había que parar la tormenta financiera. El canillita no ocultó sus simpatías peronistas. El jubilado defendía a Macri y arremetía contra los Kirchner: "Se robaron todo y ahora nos toca pagar". "Pero siempre pagamos los mismos", dijo el canillita… "Que devuelvan lo afanado…", agregó el jubilado. La discusión iba para largo…

La calle Florida estaba poco transitada esa tarde. A cada paso, se escuchaba y se veían los arbolitos. "Cambio, dólares, euros", ofrecían en voz alta. Hombres y mujeres caminaban resignados, quizá a un paso más lento que un año atrás, cuando la economía parecía haberse estabilizado y comenzaba a crecer.

No había crispación en sus rostros, ni en sus miradas, solo resignación. ¿Cuántas crisis como estas ya vivieron en las últimas décadas? Era lunes y los comercios estaban vacíos. En un local de Galerías Pacífico, dos vendedoras mataban el tiempo ordenando prendas. Eran venezolanas y su simpatía quedó en evidencia apenas entré.

Llevaba una foto en mi celular de un pantalón que me encargó mi hija; la mostré. Me lo trajeron, pregunté el precio $ 3.400 argentinos, me indicaron. Les comenté que, en el sitio web, dos días atrás, se promocionaba a $ 2.500. "Es que cambió el mes y se ajustaron los precios", respondieron con una sonrisa.

Al salir, en la pizarra de uno de los pocos cambios instalados, el dólar cotizaba a $ 39,50. La gente pasaba y miraba de reojo. La alicaída postal de las calles de Buenos Aires, contrastaba con las estridentes trasmisiones de la televisión. En programas especiales, analistas se enfrascaban en virulentas discusiones sobre lo que el presidente Macri hizo, dejó de hacer y tendría que disponer. Eran periodistas y expertos de primer nivel (los menos) pero también abundaban los todólogos que anunciaban con irresponsabilidad la llegada, a corto plazo, de helicópteros a la Casa Rosada. Son los mismos de siempre, los que no creen en la democracia y que le siguen rindiendo culto a Cristina Kirchner.

Así es Argentina, un país de contradicciones. Donde en la misma tierra nacieron Borges, Piazzolla, Quinquela Martín, y también, Néstor Kirchner, Moyano y Aníbal Fernández y miles y miles de personas que, como el hombre del sobretodo gastado, siguen creyendo en que un país mejor aún es posible.

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