Diego Fischer
Diego Fischer

Perfume sesentista

Mientras escribo esta columna, El País digital informa que otro cajero, el 24 en seis meses, fue explotado en la madrugada. En esta ocasión, el Ministerio del Interior informó que detuvo a dos personas.

El 20 de abril pasado, había capturado a un presunto delincuente que, según consignó, identificó a través de huellas dactilares dejadas en un equipo detonado el 18 de abril.

Veinticuatro atracos de estas características en 180 días, es un buen promedio. Las detonaciones se registraron en Montevideo, Canelones y Maldonado. A esto hay que sumarle los asaltos a la joyería Cantegrill en Punta Carretas Shopping en abril, a Revello en el centro comercial de Las Piedras la semana pasada, y la incursión de opereta al Hotel Enjoy Conrad de Punta del Este, en febrero; la única en que se detuvo a casi la totalidad de sus autores materiales y se recuperó una buena parte del botín. Aunque nunca se entendió, ni se explicó qué hubo detrás del audaz robo.

A mediados de la década de 1960, yo era un niño. Vivía en la calle Colonia 2309 y Duvimioso Terra, en un edificio de apartamentos que en su planta baja y en cada esquina funcionaban dos bancos; el Comercial y el de Crédito. Enfrente, y haciendo cruz, estaba una agencia del Banco la Caja Obrera. Entre los recuerdos de aquellos años que guardo muy claramente, están las cinco veces en que los Tupamaros volaron con bombas, rejas, vidrieras y las instalaciones de esto bancos. Sucedió, siempre de noche y las explosiones hacían vibrar las paredes, por cierto muy sólidas, del edificio. En dos ocasiones también estallaron los vidrios de los apartamentos de los dos primeros pisos. También recuerdo la vez que mis padres no nos dejaron salir a mis hermanos y a mí, porque estos mismos delincuentes habían atracado, metralletas en mano y en plena tarde, al Banco la Caja Obrera. Los episodios se dieron entre 1968 y 1971. Cómo siguió la historia, es por todos conocido.

El año pasado, un libro de la periodista María Urruzola, una profesional de reconocida adhesión a la izquierda, puso nuevamente en el tapete la nunca aclarada conexión entre las llamadas polibandas y el MLN que, en la década de 1990, perpetraron decenas de asaltos —algunos muy violentos— contra instituciones bancarias. Según Urruzola, el dinero de dichos atracos habría sido utilizado por dirigentes de primera línea del MLN para financiar sus campañas políticas. El libro de Urruzola generó una tormenta política en la interna de los sectores radicales de la izquierda, que no dudaron de descalificar a su autora. La máxima de matar al mensajero se cumplió al pie de la letra. Los que condenaron el texto de la periodista, no repararon que años antes, politólogos reconocidos habían hecho interpretaciones similares.

Hoy las autoridades se refieren al robo de cajeros con evasivas como: el delito está cambiando, estas situaciones son habituales en los países de la región. O mandan a policías a Paraguay para que los entrenen en el combate de atracos a cajeros. Suena a chiste. ¿No? El inamovible Bonomi sostiene que el aumento de los delitos coincide con la aplicación del nuevo Código de Proceso Penal.

Muchos de los que gobiernan hoy, fueron los atracadores de ayer. ¿Nadie se preguntó si no hay un móvil político en todo esto? ¿O es tan flagrante la ineficiencia policial?

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