Diego Fischer
Diego Fischer

“Ojalá lo logres...”

Me quiero ir de este país”. Seguramente usted se lo escuchó decir a un hijo o a algún sobrino.

Me quiero ir de este país”. Seguramente usted se lo escuchó decir a un hijo o a algún sobrino.

Son jóvenes que promedian los 25 años, que -en su mayoría- han terminado sus carreras universitarias y no solo tienen enormes dificultades para incorporarse al mercado laboral, sino que una vez que lo logran sienten una gran decepción. Han terminado sus estudios terciarios en universidades privadas y también en la Udelar y se dan de bruces con la realidad cuando buscan trabajo. No son nenes bien. Son hijos de la clase media que no se resigna a desaparecer, aunque desde el gobierno se haga de todo para que ello suceda. No pretenden conseguir un cargo en el Estado. Tienen inquietudes, sueños y ansias de superación. Saben que formar parte de la legión de funcionarios públicos, les asegurará el sustento sin ningún sobresalto ni esfuerzo, pero ahogará todo anhelo de realización personal.
En términos generales, con mucho esfuerzo, acceden a trabajos en los que se los subvalora, se los subestima y se los remunera magramente. Es mucho más que el clásico derecho de piso que siempre se pagó en todas las épocas cuando se ingresaba a trabajar. Salvo en profesiones muy específicas como las relacionadas con la informática, los salarios son bajísimos y las posibilidades de desarrollarse de acuerdo a sus capacidades y preparación son casi inexistentes. Algunos optan por embarcarse en emprendimientos propios apostando al mundo como mercado, algo que la tecnología de hoy permite. Aun en esos casos los obstáculos son muy grandes. Qué decir si se pretende crear una pequeña empresa. Allí desembarcará el Estado con todo su peso para desalentar al más entusiasta emprendedor con la más brillante idea.

Invirtieron cinco o seis años de sus vidas en cursar una carrera universitaria. Apostaron a un país, su país, que en algunos rubros mostraba síntomas alentadores de cambio. Hicieron oídos sordos al expresidente José Mujica que -durante su mandato- cada vez que podía, despreciaba públicamente a los universitarios y a la academia en general. Tienen claro que el conocimiento es el plus de un país con las características del Uruguay. Pero este principio básico, elemental, con que la fuerza política que gobierna desde 2005 siempre hizo gárgaras, es hoy más que nunca una utopía en el país.

Descreen de casi todo. Y en el momento más productivo de sus vidas se encuentran que su medio les niega la posibilidad de aplicar sus conocimientos y trabajar dignamente. Ojo, no es cuestión de sindicatos, ni reivindicaciones gremiales, sino de una realidad que se fomenta desde el propio poder, donde se subsidia al que no quiere trabajar y se castiga al que desea superarse con el esfuerzo propio.

“Me quiero ir”, me dijo la semana pasada uno de mis sobrinos. Egresó de una universidad privada con las me-jores calificaciones hace dos años y medio, domina dos idiomas, además del español y agregó: “Quiero, conseguir una beca para hacer un máster en Estados Unidos o Inglaterra, y quedarme a traba- jar afuera”. Si logra concretar su aspiración, será el tercero de su generación que se marchará del país. No son casos aislados.

La decepción y desilusión entre los jóvenes con preparación es enorme, aunque el gobierno no se dé por enterado. ¿Qué le puede responder uno? Ojalá lo logres.

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