Diego Fischer
Diego Fischer

¡Qué lástima, doctor Vázquez!

Es curioso, pero a veces los políticos echan por la borda con un par de frases la imagen que lograron construir a lo largo de años. 

Me refiero a las declaraciones del expresidente Tabaré Vázquez que arremetió, esta semana, a través de una videoconferencia contra el ministro del Interior, Jorge Larrañaga.

Vázquez comparó cifras de asesinatos en los meses de marzo y abril últimos y recordó un tweet de Larrañaga del 2019, en el que fustigada a su antecesor Eduardo Bonomi por el número de crímenes, en ese entonces y que correspondían al año 2018. También aprovechó la ocasión para arremeter contra la prensa.

“Cuatro meses, tiempo más que prudencial, cuando ellos dijeron, se terminó el recreo”, expresó el exjefe de Estado. “¿Seguirá el doctor Larrañaga pensando que con estos números tiene que dar un paso al costado e irse y si no que lo tiene que sacar el presidente de la República?”, sostuvo con sarcasmo.

El ligero y oportunista abordaje del tema de la seguridad estaba dirigido a una audiencia en Melo que participaba de una actividad de Rodolfo Nin Novoa, candidato del FA a la Intendencia de Cerro Largo.

El manejo de la ironía por parte del exjefe de Estado fue el de un aprendiz de político y no el de un veterano dirigente que ocupó dos veces la Presidencia de la República. Mucho menos el de un estadista. En pocas palabras fue una pifia de Vázquez. Se dio, además, el día antes de que se cumpliera el primer aniversario de la fuga de la Cárcel Central de Rocco Morabitto. Sí, el mafioso italiano más buscado por Interpol en el mundo que, antes de ser detenido en Montevideo, vivió durante trece años en Uruguay sin que su presencia fuera detectada por la Policía, pese a que había un pedido de captura internacional. Todo esto sucedió durante los gobiernos del Frente Amplio. Dos de ellos, presididos por el doctor Vázquez. ¿Paradójico, no?

Los expresidentes democráticos en el Uruguay y en los países civilizados forman una suerte de clase que, más allá del resultado de sus gestiones, les da un prestigio y una autoridad especial frente a la ciudadanía. En el Uruguay esto ha sido así desde el retorno a la democracia en 1985. Con excepción de José Mujica, los expresidentes han prestigiado y prestigian a las instituciones democráticas y al país en su conjunto a nivel local e internacional. Su palabra es escuchada con respeto. Sus reflexiones son valoradas y aún, en la discrepancia, tenidas muy en cuenta. Se trata de hombres con larga experiencia, la mayoría de ellos cultos. Aquilatan largas carreras políticas y llevan también en el ADN el arte de la política. Son personalidades que han gobernado al país y de las que uno siempre espera estén por encima de las chicanas. ¿Por qué? Porque le hace bien a la democracia y al Uruguay todo tenerlos como referentes.

El doctor Vázquez fue electo por el voto directo de la ciudadanía dos veces para regir los destinos del país. Un honor que comparte con el doctor Julio María Sanguinetti. Ese reducido grupo lo integra también el doctor Luis Alberto Lacalle y hasta el 2016 formó parte el doctor Jorge Batlle.

Está en Vázquez seguir honrado la dignidad que la ciudadanía le otorgó. O por pretender arrimarle algún voto a un amigo lanzar por la borda la imagen y el prestigio que la investidura presidencial otorga de por vida, aunque ya no se ejerza el cargo.

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