Diego Fischer
Diego Fischer

Irma viaja en taxi

Fue el tema de la semana pasada y a medida que transcurrieron los días, nos enteramos de los detalles que rodearon a la ocupación y posterior desalojo del Codicen.

Fue el tema de la semana pasada y a medida que transcurrieron los días, nos enteramos de los detalles que rodearon a la ocupación y posterior desalojo del Codicen.

Se alzaron voces contra el accionar de la Policía, se habló de represión, de palos y patadas distribuidas a mansalva por la fuerza Republicana; si uno escuchaba a los protagonistas de la revuelta, se trató de una embestida salvaje de las fuerzas del orden contra un jardín de infantes. Al ver las repetidas imágenes de la televisión y luego las que proporcionaron las autoridades captadas por las cámaras de seguridad del interior del edificio, la historia es bastante diferente.

Pero hay otros elementos a tener en cuenta para sacar cualquier conclusión del deplorable episodio que tuvo su punto culminante la noche del pasado lunes 21. La ocupación del local del Codicen en sí, fue realizada por un grupo de muchachos con pocas ganas de estudiar y bien entrenados para complicarle la vida a las autoridades; varios de ellos de 20 y 21 años, bastantes creciditos para andar cursando Secundaria. O tal vez se trate de repetidores contumaces. Y la injustificable y siempre infaltable presencia de Irma Leites, la líder de ese puñado de barrabravas de la llamada Plenaria Memoria y Justicia. Esta mujer, que siempre ha estado en cuanto zafarrancho de dimensiones se ha registrado en el país desde el retorno de la democracia, estuvo allí. ¿Haciendo qué? O, mejor dicho, haciendo lo de siempre.

Leites, la justiciera, porque para ella no existe en el Uruguay la justicia. Quizás por ello no tuvo inconveniente alguno de estar al frente de la asonada contra la Suprema Corte de Justicia, en febrero de 2013, cuando la corporación había determinado el traslado de sede de una magistrada. Leites, la que arenga a muchachos menores de edad o veinteañeros, para que con sus rostros cubiertos libren batallas a pedrada y baldosa limpia contra edificios públicos y las fuerzas del orden. Luego, como la semana pasada, saldrá ante cuanto micrófono se le cruce, a denunciar la feroz represión de la que fueron víctima sus muchachos. Pero Leites no estuvo sola, la acompañó el sindicato del Taxi, el Suatt. ¿Qué hacían allí? Seguro que no fueron para trasladar, sin cargo y a sus casas, a los ocupantes. Según sus dirigentes, fueron a solidarizarse con los estudiantes y a reclamar, ellos también, un mayor presupuesto para la educación. No conformes con lo del lunes, el martes convocaron a conferencia de prensa, en la que mal leyeron una proclama o comunicado tan patético como absurdo. Evidentemente, el portavoz del Suatt debe haber hecho muchos paros en sus años de estudiante y faltado asiduamente a clase porque -si algo quedó en claro- fue lo mal que leyó un documento peor redactado.

Ayer, a través de un informe de El País, nos enteramos que los muchachos de Irma Leites, del Suatt y de un grupo marginal de la FEUU, suman unos 150, aunque solo 50 son los barrabravas de esta historia, es decir los que van al frente en las batallitas. Se trata de lo que la Policía llama los grupos radicales de la sociedad uruguaya. A mí me surgen varias interrogantes: ¿Cómo 50 individuos, pueden parar la enseñanza del país? ¿Cómo los maestros y profesores bailan al compás de esta banda? ¿Cómo los uruguayos permitimos que 50 fanáticos y una fundamentalista del odio y la lucha de clases, deje a nuestros hijos o nietos sin estudiar?

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