Diego Fischer
Diego Fischer

¿Es solo incapacidad?

Es la peor expresión de la miseria humana. La más dolorosa también. Se los ve en todos los barrios de Montevideo.

Son los hombres y mujeres que duermen en la calle y se niegan a dejarla. Dos muertes por hipotermia se produjeron en los primeros días de julio. Ojalá no se registren más en estas horas en que las temperaturas invernales volvieron a descender.

Según los datos oficiales proporcionados por el Mides, en mayo, son 2038 las personas en situación de calle. Estos datos indican un incremento de un 20% con respecto a 2016. Y la impresión que uno tiene recorriendo la ciudad es que hay mucha más gente en la calle que un par de años atrás. “No estamos asistiendo a un fracaso de las políticas sociales por decir que hay 2.000 personas en situación de calle”, sostuvo la subsecretaria del Mides, Ana Olivera. Habría que preguntarle a la funcionaria de marras qué es para ella un fracaso y qué es un éxito. Siempre que admitamos que pueda hacerse un certamen de competencias en el que unos ganan y otros pierdan cuando nos referimos a personas que viven a la intemperie y que, en muchos casos, se niegan a recibir ayuda.

En la misma ocasión, la titular del Mides, Marina Arismendi, sostuvo que “si no estuviésemos trabajando, y si no nos preocuparan las personas, no estaríamos presentando datos en año electoral”.

El jueves último, Arismendi y Olivera concurrieron al Parlamento convocadas por el diputado nacionalista Pablo Abdala. En la oportunidad, la secretaria de Estado asumió la responsabilidad de su cartera en las muertes anteriormente mencionadas. Es un logro, conociendo la soberbia ostentada siempre por Arismendi.

Se sabe que la solución al problema no es sencilla. Que son múltiples los factores y las razones que hacen que un individuo viva en la calle y se niegue a abandonarla.

El Mides se creó en el primer gobierno del Frente Amplio (2005-2010), la situación del país requería de un organismo que asistiera a una parte importante de la población que había sido golpeada por la crisis de 2002. Ya entonces, la economía estaba en crecimiento y comenzaba un ciclo que se extendería hasta finales de 2018, el período más extenso de aumento ininterrumpido del PBI de la historia. Aquello que comenzó siendo una necesidad, se convirtió, poco después, en una dependencia más del Estado que emplea directamente a unos 500 funcionarios y de forma indirecta, a través de contratos, a más de mil quinientos. Supongo que en esas cifras están incluidos los parientes y amigos de sus jerarcas. Al día de hoy, su presupuesto supera los US$ 290 millones anuales y desde su creación la cifra suma unos US$ 2.200 millones.

Con los números a la vista, resulta incomprensible que haya hoy más de dos mil compatriotas a los que la Secretaría de Estado no logre atender. Que la burocracia sea tan grande que permita que personas sigan muriendo de frío en la calle. Que la realidad sea tan penosa, que no haya organismo ni institución capaz de encontrar una solución. Recursos no les faltan, tal vez lo que no hay es transparencia en el manejo de los mismos. Quizá allí esté una de las razones para entender el fracaso de las políticas sociales del Mides a lo largo de estos tres lustros. Si no, recorran las calles de Montevideo para comprobarlo.

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