Diego Fischer
Diego Fischer

El último cuplé

Fueron muchos años de vale todo. Más de quince años donde desde los diferentes ámbitos del poder se miraba con complicidad la apología de la guarangada, el insulto y la defenestración del otro a través del humor. ¿Humor?

La antorcha la enarbolaron los conjuntos de Carnaval, no todos, pero sí la mayoría. Lo hicieron motu proprio o imitando a algunos programas de televisión argentinos y luego nacionales que hicieron de la burla y la ridiculización del otro la forma de ganar adeptos. Y como una marea que se va apoderando de una sociedad anestesiada muchos creyeron que eso era cultura popular y lo peor de todo, humor.

La marea se apoderó de casi toda la sociedad y llegó a su punto más alto durante el gobierno de José Mujica. Un presidente que si algo encarnó fue la más clara, elocuente y ajustada definición de la ordinariez y del desprecio por la cultura y por la inteligencia. Hizo gárgaras de guarangada, se solazaba con las palabrotas y ninguneó y despreció siempre a las personas instruidas y cultas o a aquellas que intentaban superarse a través del esfuerzo y del estudio. Él y su mujer destrataron a los jóvenes universitarios que aspiran a “obtener un cartoncito”.

Si el presidente de la República hablaba conjugando deliberadamente mal los verbos y utilizando palabrotas, con qué argumentos un maestro o un profesor podía corregir a un alumno que se expresara como había escuchado hacerlo al jefe de Estado la noche anterior en televisión.

Muchos creyeron que eso era cultura o la cultura de la era progresista. Ese lenguaje soez, grotesco y sobre todo irreverente y despectivo hacia el otro fue ganando terreno. Hizo carne en muchos ámbitos y -particularmente- en los sectores menos instruidos. Se empezó a escuchar y se escucha en algunas radios, también en televisión.

El diccionario de la Real Academia Española trae varias definiciones de humor, entre ellas “jovialidad y agudeza” y sobre el humorismo nos dice que es una forma de “presentar la realidad”. No hay diccionario que indique sobre cómo se puede hacer humor y mucho menos a costa de qué o de quién es válido el humorismo.

Los grandes humoristas que ha tenido el Uruguay y que marcaron historia aquí, en Argentina y Chile, hicieron reír a generaciones enteras. Arrancaban la carcajada del otro y no a costa del otro. Jamás se burlaron de la gente y de las situaciones. Buscaban siempre la complicidad del público, no mofarse de él, mucho menos destratarlo y jamás desmerecerlo.

Son tantos y tan brillantes los antecedentes del Uruguay en esta materia que solo voy a nombrar a Telecataplum, capos cómicos (hombres y mujeres) que hicieron en sus diferentes épocas y con sus distintos elencos a lo largo de casi medio siglo el mejor humor que se recuerde en estas latitudes. En ellos léase también el reconocimiento a todos los humoristas uruguayos que hoy siguen a esa escuela.

En estos días, en que los riverenses se sienten legítimamente ofendidos e indignados por un cuplé que ya está en el olvido, es bueno saber que ciertas cosas son coletazos de un tiempo que todavía no terminó de morir. No será con denuncias penales que este tema se zanjará. No. Es la condena que despertó el tema en la sociedad que pondrá punto final a esta historia y a sus mentores.

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