Diego Fischer
Diego Fischer

Es cuestión de interés

El domingo pasado Fray Bentos concretó un sueño largamente perseguido: la declaración como Patrimonio de la Humanidad del legendario frigorífico Anglo. La directora general de Unesco, Irina Bokova, encabezó la ceremonia en que las instalaciones de la otrora universalmente famosa planta de corned beef, pasó a integrar ese selecto listado en el que se encuentran ciudades, sitios y monumentos de los cinco continentes.

El domingo pasado Fray Bentos concretó un sueño largamente perseguido: la declaración como Patrimonio de la Humanidad del legendario frigorífico Anglo. La directora general de Unesco, Irina Bokova, encabezó la ceremonia en que las instalaciones de la otrora universalmente famosa planta de corned beef, pasó a integrar ese selecto listado en el que se encuentran ciudades, sitios y monumentos de los cinco continentes.

“Cada paisaje cultural es un paisaje humano. Este cuenta la historia de un pueblo, de una sociedad con sus propios valores…”, dijo Bokova, momentos antes de entregarle al intendente de Río Negro, Óscar Terzaghi y a la subsecretaria del Ministerio de Cultura, Edith Moraes, el certificado que avala el nuevo estatus de la planta. En el acto se encontraba el ex jefe departamental, Omar Lafluf, el gran impulsor de que el Anglo sea hoy el segundo lugar de Uruguay en la nómina de Unesco, secundando a Colonia del Sacramento.

El ex Anglo fue pensado como saladero a fines de 1858 por el descendiente de ingleses Ricardo Hughes, quien adquirió las tierras que luego conformaron el complejo industrial. No obstante, el ingeniero George Gieber y el químico Justus von Liebig, ambos alemanes, al promediar la década de 1860, tomaron la posta. Aplicaron con gran éxito las técnicas descubiertas por Liebig para la conservación de carne. Nacía la elaboración de extractos de carne. Nunca imaginaron que harían historia y ubicarían a Uruguay en el mapa del mundo con el corned beef de Fray Bentos. En 1924, el Liebigs pasó a denominarse Anglo, para entonces sus productos habían sido alimento de los ejércitos de los Aliados en la Primera Guerra Mundial y lo seguirían siendo en los conflictos bélicos que vendrían. En su planta trabajaban entonces más de 3000 personas. El Anglo cerró definitivamente sus puertas en 1979. Una década después se lo rebautizó como el Museo de la Revolución Industrial.

Las palabras de la directora general de la Unesco, deberían hacer reflexionar y reaccionar a las autoridades competentes, que son responsables de la Estación Central de Ferrocarril de Montevideo que, tapiada hace más de una década, ha sido y es víctima de vandalismo y refugio de indigentes.

Es bueno recordar que la vieja estación de trenes es una de las obras más importantes que el ingeniero italiano Luigi Andreoni construyó en el Uruguay. El año que viene se cumplirán 120 años de su inauguración.

Formó parte de un ambicioso proyecto denominado Plan Fénix, que al finalizar la década de 1990 lanzó el gobierno de entonces. Pasó de mano en mano, para terminar hoy bajo la égida del Banco Hipotecario. Antes, un presunto inversor demandó al Estado por US$ 1.100 millones, juicio que la Suprema Corte de Justicia falló a favor del Estado.

La historia de la Estación General Artigas de AFE es tan rica como la del Anglo. Pero a diferencia de este, nunca tuvo un Lafluf que se preocupara por ella.

“Este sitio refleja los cambios sociales, culturales y económicos que ocurrieron con el aporte de inmigrantes de más de 55 nacionalidades que llegaron a trabajar”, dijo el domingo Bokova. Frase que se ajusta también adecuadamente al edificio de Andreoni. ¿Qué hubiera pensado la titular de la Unesco si antes de ir a Fray Bentos hubiera pasado por la Estación Central?

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