Diego Fischer
Diego Fischer

Alberto: ¿Y la República?

Incertidumbre, preocupación, dolor y tristeza. Todo esos sentimientos genera hoy Argentina. Un país al que se critica tanto y tal vez esa crítica encierre un sentimiento no confeso de admiración.

Se suele decir que es la historia de un amor no correspondido. Los de la otra orilla expresan un cariño por el Uruguay que los uruguayos, muchas veces, desdeñan.

La máxima de que ningún gobierno que no sea peronista puede gobernar a ese país de riqueza infinita, volvió una vez más a ganar terreno. El fantasma de 1989, cuando Raúl Alfonsín se vio obligado a entregar anticipadamente el mando a un electo Carlos Menem, o el terrible final del gobierno de De la Rúa, rondan dentro y fuera del país.

Luego de las primarias del 11 de agosto, Argentina camina por el pretil que tantas veces transitó. La magnitud de la derrota sufrida por Mauricio Macri no estaba en los cálculos de nadie, ni siquiera en los de Cristina Kirchner y Alberto Fernández.

La reacción no se hizo esperar. A las pocas horas de conocidos los resultados, los títulos de su deuda se desplomaron y en Buenos Aires el dólar se disparó.

Solo pensar que es altamente probable el retorno de Cristina Kirchner y su patota al gobierno, generó un cimbronazo del que Argentina y los mercados no se han recuperado. Tampoco se vislumbra cuándo volverá y si es que volverá la calma.

Nadie puede negar que Argentina es una nación de contradicciones. Ese mismo país ha dado al mundo figuras tan excepcionales como Jorge Luis Borges, Luis Federico Leloir (Premio Nobel de Química), René Favaloro, Alberto Ginastera, Bioy Casares, Martha Argerich, Quino y Astor Piazzolla, entre muchísimas otras. Pero también a gobernantes tan opuestos como Perón y Alfonsín, Frondizi y Néstor Kirchner. Y a Cristina Fernández de Kirchner que no tiene parangón. ¿Cómo entender que el pueblo libremente haya votado por Alberto Fernández?

En estos días en que los fantasmas del pasado reciente campean por el vecino país, ha quedado en evidencia el poco apego republicano de Alberto Fernández. Sus diarias declaraciones a la prensa no han hecho otra cosa que echar nafta a una pradera incendiada. Y acorralar más aún al presidente Macri, como si el pronunciamiento de las urnas no hubiera sido la lección más dura que hubiera recibido en su vida. Más allá de un presidente no peronista, está la república, que por oposición a la tiranía y el despotismo, es la forma de gobierno regida por el interés común, la ley y la justicia.

En estos días, vale la pena recordar el 2002, cuando Uruguay estalló en mil pedazos, entre otras razones, por los efectos de la debacle del 2001 en Argentina.

El presidente Jorge Batlle, entonces tan denostado como hoy lo es Macri, supo capear la tempestad y pagó un altísimo precio político. No estuvo solo, los dirigentes de la oposición, casi sin excepción, lo acompañaron. Ni él, ni sus adversarios midieron costos políticos. Hicieron lo que debían hacer. Los beneficios fueron para el país en su conjunto y para el gobierno del Frente Amplio que asumió en 2005.

Borges quizás pensó en situaciones como esta cuando escribió: “El sabor de lo oriental con estas palabras pinto; es el sabor de lo que es igual y un poco distinto”.

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