Diego Fischer
Diego Fischer

Se acerca el final

En tres semanas los uruguayos ejerceremos el más sagrado derecho que tenemos: el voto. El derecho que nos llena de orgullo y, en lo personal, de felicidad.

Cada 5 años, concurrimos a las urnas para elegir gobernantes y pronunciarnos sobre nuestro futuro. Pocas veces como el próximo domingo 27 de octubre, el voto decidirá qué país queremos, para nosotros, para nuestros hijos y para nuestros nietos. Confieso que algo parecido sentí en 1980, cuando voté por primera vez. Fue en el plebiscito en que los militares pretendieron que los ciudadanos avaláramos una Constitución que los perpetuaba en el poder.

Sin temor a exagerar, en esta elección, como en 1980, se nos va la vida. Aunque las circunstancias sean muy diferentes y no estén en juego la democracia y la libertad.

El desafío mayor será cerrar un ciclo que tuvo todo para ser virtuoso: mayoría parlamentaria, condiciones económicas excepcionales, apoyo de los gremios y hasta guiñadas de los sectores empresariales y de algunos productores agropecuarios. Con viento a favor y sin obstáculos importantes las tres administraciones del Frente Amplio decidieron echar por tierra los principios más nobles y los valores más arraigados de la sociedad uruguaya. Léase arruinar a una maltrecha enseñanza, castigar con impuestos siderales a la clase media, despreciar el ascenso social a través del trabajo y del esfuerzo personal subsidiando la pobreza, ningunear a la academia y aplaudir primero y llamarse a silencio después con dictaduras criminales como la de Venezuela. Como si hubiera diferencia entre Nicolás Maduro y Augusto Pinochet. También la coalición de izquierda cortejó a Cristina Kirchner, expresó su admiración por La Cámpora y tuvo en Lula uno de sus referentes.

En estos tres lustros, vimos cómo un vicepresidente fue obligado a renunciar y la justicia procesó y encarceló a varios altos funcionarios gubernamentales por corrupción.

¿Dónde quedó aquello de meter la pata, pero no la mano en la lata?. Tampoco se ven mancos por la calle. Y no porque faltaran razones para cortarle la mano a unos cuantos. ¿Se acuerdan de la promesa del presidente Vázquez cuando era candidato?

El nepotismo campeó por aquí y por allá, los aspirantes a yernos, las nueras y los hijos y sobrinos de varios ministros consiguieron puestos relevantes en el Estado, con remuneraciones acordes a su grado de parentesco. Único mérito para acceder a cargos con retribuciones y privilegios imposibles de lograr en el sector privado, aun con formación e idoneidad.

La ostentación de títulos truchos se hizo casi una costumbre. Tan frecuente que la candidata a la vicepresidencia del Frente Graciela Villar, ordenó cambiar rápidamente su currículum colgado, durante años, en la web de la Junta Departamental. Entonces nos enteramos que no era psicóloga y que no había terminado cuarto año de liceo. ¡Qué tesis podría hacer un psicólogo de verdad o un psiquiatra ante tanto afán titulista y tanta mentira!

El 27 de octubre, la encrucijada será entre la oligarquía y el pueblo, sostiene Villar. Yo afirmo que el desafío será poner punto final a tres quinquenios de promesas incumplidas, de mentiras, acomodos y de una visión hemiplégica de la realidad del país y del mundo. Concretarlo, solo depende de nuestro voto.

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