Diego Echeverría
Diego Echeverría

Vacuna contra nosotros

En los últimos tiempos nuestro país se encontró con que todos eran virólogos, expertos en vacunas, epidemiólogos, eruditos en pandemias, eminencias de las crisis sanitarias, pero con la característica de no haber estudiado esas disciplinas, sino que sus expresiones eran desde la opinión personal y subjetiva, esa que es hija de la libertad, y donde hace carne aquella sabia reflexión de José Ortega y Gasset de que “La palabra es un sacramento de difícil administración”.

En este caso, estribando en esa posibilidad que me da la libertad, me permitiré el rol de sociólogo y filósofo un rato, al menos para exorcizar algunas reflexiones que no puedo evitar, a raíz de una interesante discusión entre amigos que tuvimos hace unos días en un grupo de Whatsapp (aunque extrañando las fermentales en vivo y en directo) que surgió ante un nuevo record de contagios de Covid y la pregunta de ¿qué nos pasa a los uruguayos?.

Las crisis siempre sacan lo peor y lo mejor de nosotros. Y esta pandemia lo ha hecho sin dudas. Pero también ha evidenciado una crisis más profunda que la sanitaria, que no se soluciona con una dosis ni con dos, se necesita una vacuna contra nosotros mismos. Una dosis introspectiva de honestidad intelectual contra la peor versión de nosotros mismos, una vacuna contra nuestras miserias y miedos. Una que nos enfrente a lo que renegamos o desconocemos, y que probablemente sea muy efectiva para inmunizarnos frente a futuras crisis.

La irresponsabilidad, el egoísmo, la desidia, el individualismo, la ignorancia, no son síntomas del Covid-19, son síntomas de una sociedad que está sufriendo. Y me niego a creer que no podemos superar esta crisis. Ojalá que más allá de todo el daño que ha dejado esta pandemia nos deje algo bueno, que nos dé la oportunidad de evidenciar, o descubrir incluso, esas debilidades estructurales que son el terreno fértil para cualquier crisis, agravándolas o hasta generándolas.

Siempre es más sencillo tercerizar la responsabilidad, es más cómodo para algunos pedirle al Gobierno que los obligue a hacer lo que ya saben que deben hacer por ellos mismos. ¿De verdad después de un año de pandemia hay quienes no saben lo que está bien y lo que está mal? Duele, pero hay que reconocer que hay quienes saben qué es lo correcto pero eligen lo incorrecto. Y no se trata de buscar culpables, menos aún estigmatizando a sectores jóvenes de la sociedad, tampoco se trata de buenos y malos, o de unos contra otros. No se trata del mensaje (¿qué complejidad tiene el concepto de no aglomerarse, lavarse las manos y usar tapaboca?) se trata del receptor, de lo que decide hacer con ese mensaje que le llega y por qué elige ignorarlo o negarlo. Es su libertad, obvio, y con ella hace lo que quiere, incluso lo que está mal.

La política odia el vacío, si alguien no la llena de esperanza vendrá otro que la llenará de miedo. Y esa es una batalla que en estos días ha recrudecido.

Un gobierno que logró poner al país entre los que mejor han gestionado esta crisis, posicionándolo como ejemplo mundial y referenciado en estos días hasta por el New York Times como uno de los cuarenta y tres países que avanzaban a mejor ritmo en la vacunación, se ha encontrado cara a cara con el resentimiento, con el deseo de fracaso colectivo, con la incoherencia y con la inconsistencia de una gran (por variada) oposición.

Los que pedían al grito medidas más severas y cierre de “perillas”, alentaban marchas y movilizaciones. Los que se quejaban por lo que ellos consideraban medidas insuficientes, se negaron a votar en el Parlamento una ley que le diera herramientas legales a la Policía para evitar aglomeraciones. Y “sin coherencia no hay ninguna fuerza moral” decía Robert Owen, que se haría un festín con el menú de incoherencias de los opositores uruguayos que acompañan al FA, desde sindicatos a corporativismos, desde los que repiten falsedades hasta los que las crean con autoadjudicada intelectualidad.

Que un partido que hoy es oposición quiera ser gobierno es parte de la obviedad de la naturaleza política. Ahora, que lo haga a cualquier costo es insostenible. No vale todo, especialmente no vale el agravio y la mentira. No vale el oportunismo ni la confrontación entre uruguayos.

La política debe dar más, merece más.

Merece gestos como el impuesto a los altos cargos públicos para que esos dineros vayan a los sectores más golpeados. Porque las señales se dan con el cuero de uno, no con la solidaridad con plata ajena a la que nos tiene acostumbrado el Frente Amplio. A mí me encanta ese recitado de José Larralde que dice “nadie escatima salmuera cuando es de otro lomo el tajo”, porque es así la vida y es así la Política. Hoy tribunear con pedidos de Renta Básica Universal en medio de la tormenta no es solidaridad, es oportunismo. Es exponerse también en su incoherencia, la de plantear en medio de la peor crisis que recordemos ideas que no se les ocurrieron con viento a favor durante quince años.

O plantear una interpelación a una Ministra porque un funcionario del gobierno recibió un beneficio absolutamente legal, como cualquier otro ciudadano que lo hubiera planteado y encuadrara en lo requerido para su otorgamiento. Beneficio además al cual renunció haciendo gala de un calibre ético incuestionable. Beneficios del tipo que el Frente Amplio solicitó y gozó en el pasado pero que ahora lo sorprenden y lo indignan.

Es de manual ese tipo de jugadas, no sorprenden. Pero no por eso dejan de generar ese sabor amargo de decepción, porque pueden y deben dar más que eso.

Debemos vacunarnos contra el inconformismo y la mediocridad argumental, porque aunque cueste creer, cuando cayó un helicóptero que trasladaba vacunas hu-bo actores de la oposición que criticaron el estado de aeronaves. Es inevitable que se dibuje una mueca, se mueva la cabeza, y se suspire con decepción. Sí, fueron gobierno hasta hace poco más de un año y su pobreza les inspira ese tipo de reflexión.

Debemos darnos una dosis contra el egoísmo, porque en el Uruguay de hoy existen docentes que no quieren vacunarse contra el Covid-19, y además se resisten a hisoparse. ¿Cómo contrarrestar el efecto de esa irresponsabilidad de quien no tiene derecho a poner en peligro a otros?

Nuestra sociedad necesita una poderosa vacuna contra la peor versión de nosotros mismos, una mirada introspectiva que se atreva a observar y cambiar aquello en lo que fallamos. Obviamente requiere una dosis de valentía y honestidad intelectual importante, donde importe más la verdad que tener razón.

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