Diego Echeverría
Diego Echeverría

Al rescate de la autoridad

Las palabras tienen la carga que cada uno decida incorporarles. Algunas están cargadas de ideología, otras de religión y otras pueden estar directamente vinculadas a una historia personal o colectiva.

Seamos realistas, las palabras tienen mucho significado, mucho más del estrictamente literal, ya que trascienden en función de quien las interprete, de quien las pronuncie y del contexto en el cual son expresadas.

Hay muchas palabras que proyectan distintas visiones e interpretaciones, probablemente por esa carga de la que hablábamos y que son parte de la construcción socializadora de cada uno de nosotros. Pero la palabra autoridad sin dudas está en el podio de esos debates.

¿Hay algo malo en la autoridad? Por supuesto que no, es un instrumento para la consecución de un fin, no un fin en sí mismo. Es como preguntarse si es malo el cuchillo que corta el pan en nuestra mesa o que se puede usar para herir.

La autoridad es un instrumento y tiene una función, que es la de ejercer influencia en el comportamiento de un individuo o una sociedad, para que hagan o no hagan determinado acto.

Podríamos analizarla desde muchísimos ángulos, pero hay uno que merece especial énfasis en su análisis porque es claramente político.

La autoridad está en crisis en estos tiempos que vivimos, pero esta crisis tampoco es nueva sino que viene de la mano a lo largo de los años del autor intelectual de la misma: el relativismo. El “¿qué sabrá la maestra?”, el “¿quién es ese para decirme qué hacer?”, el “no le hagas caso”, o el “a mí qué me importa que no se deba hacer” son claras manifestaciones de un proceso de relativización de la autoridad en cualquier materia.

Los ejecutores de estas acciones dan por tierra con todas las autoridades, porque cuestionan la moral de las mismas, o la racionalidad, o la coherencia, o el mérito. Porque claro, todo es relativo para ellos, nada es solemne, nada es sagrado, nada es incuestionable, todo es opinable.

Y esta impronta de desacralización es absolutamente subjetiva y autocomplaciente, los hace sentir cómodos con sus postulados e intentan guiarse por los mismos y vincularse con otros de la misma forma. Y ahí está la tensión, que ineludiblemente lleva al conflicto, porque no todos relativizan todo, hay quienes siguen las normas convencionales de conducta.

Y nadie dice que no se pueda desafiar lo instaurado, de lo contrario no habría avances en la sociedad, no habría innovación tecnológica o incluso no habrían existido las revoluciones que cambiaron los destinos del mundo. La cuestión está en la autoridad para cuestionar la autoridad, que el planteo se alimente de la razón y la ética y no de la irreverencia o los intereses.

Hannah Arendt describe con lucidez este tipo de fenómenos cuando dice que antes la autoridad era un imperativo natural, pero que eso ha cambiado y que también la crisis en la educación es entendida como una cuestión de procedencia y naturaleza políticas, intrínsecamente vinculada a la crisis de autoridad.

En tiempos donde la redefinición de los roles está en permanente debate, vale la pena destacar que un educador necesita reafirmarse en su autoridad, la intelectual y la de conducción.

En nuestro país hemos sido testigos de los permanentes embates, disfrazados de profundas reflexiones, de algún expresidente que insiste con la minimización de los profesionales, porque según sus recurrentes teorías, la calle sustituye a la academia; como si no pudieran ser complementarias. Esa visión es la clara muestra de la relativización de la autoridad, en este ca-so intelectual, de quien se legitima por las vías institucionales de la formación

Autoridad que no se ejerce, se pierde. Y la ciudadanía, desde ese contrato social que implica el sufragio, mandata a que se ejerza. Basta ver el pedido de la ciudadanía en las pasadas elecciones cuando al expresarse en las urnas, reclamó que el gobierno se haga cargo de una profunda crisis de seguridad. Y se lo mandató a quienes dijeron a viva voz cuál era su concepción filosófica y política de la autoridad, por lo cual la honestidad intelectual de este gobierno está en ejecutar ese mandato y para ello plasmó en la Ley de Urgente Consideración herramientas coherentes con esa visión.

Esa actitud política le da a la autoridad la esencia y razón de vida de la misma, le da legitimidad. Porque los ciudadanos reconocen como válido ese ejercicio de gobierno, lo ven así porque ellos mismos depositaron su confianza en los gobernantes y estos responden accionando en función de la misma.

Autoridad no es autoritarismo, la autoridad es legítima mientras que el otro es una desviación totalitaria e ilegítima. Mezclar los conceptos solo evidencia un error, que puede ser consecuencia de una interpretación excesivamente ideologizada o de la tergiversación que persigue fortalecer un argumento político.

La legitimidad es el principal nutriente de la autoridad, por eso los esfuerzos deben estar en su correcto y eficiente ejercicio desde el gobierno. Como escribía Aparicio Saravia (y permítaseme una cuota de blanco romanticismo) a su hermano Basilicio aquel 6 de mayo de 1897, desde su campamento en Caraguatá “La Patria es el poder que se hace respetar por el prestigio de sus honradeces y por la religión de las instituciones no mancilladas”. De eso se trata ese círculo virtuoso, que se legitima en la autoridad, que merece ser respetada porque se lo gana.

En esa especie de duelo entre procesos, el de deslegitimación versus el de legitimación de la autoridad, transita la sociedad moderna. El desafío está en consolidar la confianza en el sistema, reconstruir la credibilidad de las instituciones y devolverle al ciudadano la idea de que los políticos van a la Política a servir y no a servirse de ella.

Esto se traduce en el justo ejercicio de la autoridad, sin prejuicios, sin vergüenza, sacándole cargas que no corresponden porque no nos pertenecen. Sin acostumbrarnos a la falta de respeto o la relativización a la autoridad, porque esas acciones ni se deben tolerar y menos aún naturalizar, se deben sancionar (otra palabra en el podio del debate).

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