Diego Echeverría
Diego Echeverría

El jornal de la dignidad

Hay cosas que si no van juntas, no son tales. Se definen a sí mismas por la existencia de la otra. Se definen, se nutren y se complementan. Y las políticas sociales si no se nutren de la dignidad, no son tales; son un pariente lejano y desvirtuado, son asistencialismo.

La dignidad, decía Aristóteles, no consiste en nuestros honores, sino en el reconocimiento de merecer lo que tenemos. Por eso el mérito en una sociedad que respete al individuo y su libertad es “conditio sine qua non”.

Pocos debates pueden ser tan profundos y acalorados como el que gira en torno al rol del Estado en la protección de los más vulnerables a través de sus herramientas sociales. Ese debate que se dispara con el popular refrán que mandata a enseñar a pescar en lugar de dar el pescado.

Debate tan vital que merece un análisis respetuoso, alejado de la tentación del simplismo, inmunizado (término tan vigente) contra la demagogia, y sobre todo antropológicamente profundo. Que mire a los hombres y mujeres en su ser, en la esencia de su alma y su comportamiento.

Cuando el Presidente Luis Lacalle Pou habla de un instrumento que le acercaron Intendentes blancos llamado “Jornales solidarios” y que consistiría en una retribución del Estado a esas personas a cambio de su labor en distintas tareas en beneficio de la sociedad, está traduciendo una visión filosófica de la dignidad, la del mérito de quien se gana el pan con el sudor de su frente. Porque el trabajo dignifica el espíritu y lo enaltece.

El jornal vale porque hace valer a quien lo trabaja. Ese hombre que llega a su casa con cansancio en el cuerpo y paz en el alma, sabe que no le debe nada a nadie. Sabe que nadie es dueño de su necesidad, a él le pertenece su libertad y lo que con ella hace.

Porque esa mujer que llega a su casa, puede mirar sus hijos y demostrarles que vale por su esfuerzo, y es su ejemplo el que marca el rumbo de sus hijos. Su dignidad es un faro para quienes siguen su accionar como referencia.

No me la contaron, la vi. Conozco la experiencia de este instrumento social que es un salvavidas en medio de la tormenta, pero también un faro para quienes encuentran (o se reencuentran) con el rumbo del trabajo dignificante.

Allá por el 2002, en plena crisis, el entonces y actual Intendente de Maldonado Enrique Antía creó esta herramienta y así la llamó: jornal solidario. Eran épocas duras, como estas, pero en el gobierno nacional estuvo Alejandro Atchugarry y en lo departamental un gobierno realmente solidario, hechos que en tiempos de tormenta garantizaron llegar a buen puerto.

En su momento fue un innovador instrumento de política social que supo ayudar a muchos que necesitaron del hombro del Estado cuando debió estar y donde debió estar. A lo largo de casi 20 años ha sido en Maldonado, donde supo echar raíces, una gran ayuda para muchos en esos duros inviernos que golpearon no solo sus necesidades materiales sino algo que no puede pasar desapercibido: su autoestima. ¿O acaso es igual pasar y cobrar una ayuda social que pasar a cobrar un jornal? Por supuesto que no, en el primero hay un desequilibrio que en el segundo no.

En el asistencialismo hay desequilibrio, porque se da a cambio de nada. En la política social se retribuye lo que corresponde por lo que se ha hecho, ni más ni menos, es justicia, es dignidad. Es mirar a los ojos, cara a cara, y no desde un pedestal de quien da sin saber a quien le da. Es una persona devolviendo a la sociedad lo que esta le da, y el que devuelve nada debe.

Un jornal solidario apunta a fortalecer o incluso a reconstruir el espíritu humano. Demostrando que vale por sí mismo y haciéndose cargo de sí mismo. Es la responsabilidad de la libertad (pariente cercana de la “libertad responsable”), la que se traduce en quien se hace responsable de su vida con la proactividad del que hace y no del que espera. Porque seamos realistas, ¿quién genera más herramientas de confianza, proactividad y de oficio? ¿el que trabaja para salir o el que espera que le den sin nada a cambio?. Sin dudas el primero, que le da músculo a su espíritu mientras el espera sentado en el sedentarismo asistencialista.

No hay que juzgar, probablemente quienes crean como los Intendentes Orsi y Cosse que esta herramienta de los jornales solidarios no es válida, sabrán por qué lo dicen. Es parte de su libertad a la hora de gobernar pero sobre todo en la visión filosófica que tengan de las políticas sociales.

¿No les gusta? No hay problema, cedan su parte a quienes sí apoyan la visión y la misión de este instrumento de ayuda social a los más vulnerables. Cuando la Intendenta dice “No comparto para nada”, el reflejo inmediato de cualquier defensor de la libertad y de la dignidad es pensar “no sorprende para nada”. Y si, quienes sostuvieron y crearon durante 15 años un mecanismo y una cultura asistencialista naturalmente se rebelarán contra un cambio en ese terreno.

Porque se quiere que los recursos vayan donde tienen que ir, sin intermediaciones en el camino de organizaciones que hablan, analizan, filosofan, visten de tecnicismos la pobreza, y todo sigue como está, o incluso peor.

Obviamente pararse en contra de este instrumento les es difícil de explicar (cosa que se notó), pero además les es incómodo políticamente. Si apoyan, legitiman al gobierno. Si no apoyan, se desvirtúa aquello de pedir “más inversión social” y no acompañarla. Incómodo, todo muy incómodo.

Instrumentos como los “jornales solidarios” rescatan la dignidad, pero también la ciudadanía responsable. Esa que se nutre de derechos y también de obligaciones. El país debe fortalecer el sentido del compromiso, la vocación que equilibra el “derecho a” con la “obligación de”. Y se logra no con debates bizantinos sino con políticas públicas específicas impregnadas de sensibilidad social, determinación política y visión humana. Y hoy estamos ante ellas.

En estos caminos de la reflexión no se puede caer en la tentación de adjudicar intencionalidades a quienes piensan distinto. Menos aún caer en discursos tribuneros de esos que uno critica cuando vienen de otras tiendas. Cuando se trata de política se debaten ideas, resultados, objetivos.

No es campo para la especulación ni para las ideologías que construyen castillos en el aire. Cuando se trata de política hay que evaluar lo que se hace porque detrás de cada acción hay personas, no podemos abrazar concepciones que romantizan la pobreza pero no la combaten.

A la política se la juzga por lo que hace, no por lo que dice que va a hacer. Se la juzga por resultados, no por discursos.

Y después de 15 años de cháchara ideológica y discursos para tribunas nacionales e internacionales, es buena cosa que un gobierno se ocupe de los problemas en forma pragmática y humanista.

Porque hoy estamos ante una enorme crisis, pero es también la oportunidad histórica de un cambio de paradigma, un cambio rotundo de rumbo en políticas sociales.

Se acabaron las épocas de voluntarismos, es tiempo para la dignidad.

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