Diego Echeverría
Diego Echeverría

¡Hay orden de no aflojar!

Estas humildes letras no podían ni querían llevar otro título que el de ese grito de guerra y de amor a la Patria que Jorge Larrañaga pronunciara tantas veces. Grito que era marca política e impronta personal.

Duele hasta el aliento al pensar que el Guapo se fue, que un imprescindible ya no está entre nosotros.

Se fue uno de los buenos, un pura sangre, un valiente, un resiliente que hizo del coraje una marca registrada.

Quienes lo conocimos admirábamos esa actitud frente a la vida, llena de arrojo instintivo y de racionalidad metódica. Porque su riqueza espiritual radicaba ahí, en sus contradicciones complementarias, su aspecto duro que se hacía a un lado con esos apretados abrazos y estruendosas carcajadas.

Hizo de la Política el eje de su vida. La dignificó desde la más auténtica concepción de servicio. Porque eso era Jorge, un servidor público. De todas las horas y todas las canchas.

Intendente, Senador, Presidente del Directorio del Partido Nacional, Candidato a Presidente de la República, Ministro, muchos títulos, muchos honores, pero el más importante fue el de ser un gran caudillo de su tiempo. Un hombre gaucho, en el más rico sentido de la palabra, porque amaba y respetaba la tradición y a sus figuras. Esos gauchos que ensillaron su moro, con su poncho blanco arriba del recado, y marcharon al tranco junto a él rumbo a su reposo final.

La Política es dura, muchas veces ingrata con quienes a ella se brindan, pero también portadora de los honores más altos a los que pueda aspirar un oriental, el de ser un servidor público elegido por su Pueblo, ese que amó y al que se brindó.

Ese honor es solo para algunos que viven para servir, y si hay alguien que galopó tendido en esos caminos fue el Guapo.

Galopó en su vida política con la entrega de un pingo criollo, por eso cada vez que se cayó se levantó con más fuerza. Sorprendiendo con su generosidad a propios y ajenos, siempre estuvo. Esa concepción de lo colectivo a pesar de sus heridas de batalla le otorgaron la altísima consideración de sus pares, que reconocían que “el Guapo era un gran blanco”.

Su ausencia se va a sentir, lo vamos a extrañar mucho. Lo extrañarán su esposa, sus amados hijos, los muchachos del Stud, sus amigos de La Heroica. Lo extrañarán Luisito, Santiago, Verónica, el Cabeza, Tomy, y tantos otros que tenían en él un referente político y de vida.

Pero también lo extrañará su tierra, ese Uruguay de los mil pagos que él conocía y quería, lo va a extrañar el sistema político que reconoció en él un líder indiscutible y respetable, lo va a extrañar una Fuerza Policial que encontró en él un Ministro que los guiaba y valoraba. Y sin dudas lo extrañará su gobierno, al que llegamos también gracias a sus luchas y que hoy tenía en su figura un protagonista destacado. Lo extrañará su Partido, que tenía en él un pilar de un ala wilsonista siempre vigente y necesaria.

Sí, su ausencia hará eco en cada rincón de su Patria.

Vivió en su ley y partió en su ley, guapeando, dando todo de sí y cumpliendo lo que prometió cuando asumió la responsabilidad de la seguridad ciudadana en nuestro país. Contaban sus amigos que prometió “dejar el cuero en la estaca”, y así lo hizo, un hombre que no sabía de medias tintas.

Su vida fue de una intensidad inigualable, no porque lo haya elegido sino porque era su más auténtica esencia. Su dedicación absoluta al combate al delito no era una postura, era una obsesión. Al frente de los operativos policiales, hombro con hombro con sus subalternos era su forma de decirles que le importaba su vida, que valoraba su trabajo y que era uno más. Y esa era la mejor forma de mostrar que no era uno más, era el líder junto a su tropa, era el caudillo junto a sus soldados en la Revolución del 1897 o 1904.

Su impronta política tomó como faro al General Artigas, a Saravia y a Wilson. Respiraba caudillismo. Esas inspiraciones le dieron su estilo, mezcla de paisano pícaro y baqueano con Doctor “leido” capaz de dar el más duro debate.

Quiso el guionista de Dios que se fuera como Leandro Gómez en La Heroica, abrazando sus causas y luchando “hasta sucumbir”.

La frases camperas eran parte de su lenguaje político, ese que defendió la descentralización, la producción rural y su gente, la educación, el medio ambiente o más recientemente la seguridad desde su campaña “Vivir sin miedo”. Feroz opositor e incansable en el gobierno. Con impronta personal pero gran armador de equipos, abrió las porteras a varias generaciones de jóvenes que vimos en él un abanderado de las causas en las que creíamos y seguimos creyendo. Y en ese encuentro hicimos amigos, hermanos, lazos que nos acompañarán durante el resto de nuestras vidas. Ese también es parte de su legado, un gran legado que demostró que “no es pa’cualquiera la bota’e potro”.

Masoller no será igual, ese 2 de enero en Paysandú no será igual, tampoco Santa Clara. No será igual la Meseta, Maroñas o Andresito.

Por supuesto que no. Pero todos sabemos que Jorge dejó la orden de no aflojar, y que el primero en pegar cuatro gritos si nos apartamos de ese trillo hubiera sido él.

Así que el mejor homenaje es cumplir ese mandato de nuestro Partido, esa colectividad que reafirma ser gloria y tragedia, y retumba desde lo más profundo de nuestra historia: ¡vivir es combatir!

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