Danilo Arbilla
Danilo Arbilla

Territorio minado

En una semana, el próximo domingo, asume Luis Lacalle Pou. Con 46 años, que según como se mire puede ser bueno o no tanto: tiene muchos de vida por delante pero tan solo cinco para dar el golpe de timón en pos del cambio que reclama la ciudadanía, según quedó establecido en las últimas elecciones.

Es un muy corto período en que el novel mandatario deberá delinear el futuro del país y el suyo. El del país todo y el personal. Una tarea ardua, ni fácil ni chica, y con una pesada carga, sin duda. Se sumarán ansiedades que no es , ni de cerca, lo deseable.

Se ha dicho que no hay grandes hombres, sino hombres comunes a los que las circunstancias los pone ante grande pruebas, que son las que marcan el tamaño según cómo son sorteadas y resueltas.

A Luis Lacalle le toca enfrentar una gran prueba, cómo lo haga y lo que pase determinará su estatura y la existencia real y solidez de su liderazgo.

El joven presidente, para ello, deberá comandar a una coalición con bastante conciencia de cual es la responsabilidad, aparentemente, pero a la que le cuesta acomodarse en un escenario. Todos muy desprendidos y con puntos de mira por encima del interés partidario y personal, pero hasta el momento de repartir cargos. Ha habido un tire y afloje, algo disimulado, sí, pero del que no todo lo que emergió es para aplaudir. Paralelamente el propio anteproyecto de ley de urgencia muestra que hay distintos enfoques y soluciones, algunos miedos también y en casos destapa tendencias más cercanas a aquellos y aquello que los uruguayos reclaman cambiar y para lo cual los miembros de la coalición fueron electos.

Y por delante un país que sería exagerado decir que está en ruinas, pero con una apariencia que dista bastante de cual es su real estado de deterioro. Y no se trata de un enorme déficit fiscal, que tanto preocupa a las agencias de calificación lo que lo hace más preocupante, ni del problema de la seguridad pública o el desastre de la educación o la bomba de la seguridad social o la mera designación de los comandantes, más varios etcéteras.

El gobierno saliente ha dejado eso sí, para el entrante, muy respetuosa y puntillosamente, la brasa caliente de Petrobras. Un caso del que no sabemos bien en qué está, si da ganancias o pérdidas, cuál es el estatuto de sus empleados, y que es una muestra harto ilustrativa de lo que ha sido la soberbia sindical -con ocupaciones y todo- y la política en ese campo del gobierno que se va.

Es cómico: no nos queremos meter e interferir, pero Petrobras se lo dejamos; palabras más, palabras menos es lo que dijo el ministro.

No es que dejen ruinas, lo que la coalición de gobierno saliente deja es un campo minado.

Un terreno que Luis Lacalle y el nuevo gobierno deberán ir recorriendo, pasito a pasito, con mucho cuidado y en el que la oposición, por razones obvias, pisa fuerte.

A favor de los frenteamplistas hay que decir que no disimulan mucho que su política es la de “ni un vaso de agua”, más allá de algunas declaraciones y sonrisas protocolares y para la foto. El Frente ya ha lanzado sus avanzadas con todo desparpajo -murgas y sus letras, oenegés amigas y al tono con sus advertencias, señalamientos y exigencias- más las amenazas reiteradas de “resistencia”, “respuesta social muy fuerte” y otras arengas del mismo tenor clamadas repetidamente y en cuanta ocasión propicia por dirigentes sindicales y políticos del Frente Amplio. Quieren amedrentar de entrada. Es una de las tantas pruebas para Lacalle y la unidad y fortaleza de la coalición.

Tomemos un caso, muy serio por cierto que es el del tamaño del Estado y la desbordante cantidad de funcionarios. Y su calidad: hace ya unos años Mujica dijo que pobres los blancos o los colorados si llegan al gobierno, tendrán que lidiar con los funcionarios frentistas y a quienes el Frente ha colocado en todos estos tiempos y en lugares claves e importantes, pues ellos no tienen conciencia de estado, de su función; ellos son frentistas primero y funcionarios después.

Y ese es, más o menos, el panorama.

Los medios argentinos dicen que Alberto Fernández comenzó la “limpieza” y echó a 417 funcionarios contratados por el macrismo poco antes de dejar el poder. Parafraseando a Sendic: si es despido progresista está bien. Imaginémonos que Lacalle toma una medida similar a poco de asumir. Ya de antemano y ante el anuncio del nuevo gobierno de revisar “contrataciones” y designaciones de apuro y última hora -incluso las de hoy hasta el sábado próximo-, COFE, su dirigentes, dijeron que lo que Lacalle quería o haría si se mete en eso era “ensuciar la cancha”. Así nomás.

Hay 50 mil empleos menos. ¿Dónde? En el sector privado. En el sector público no hay desempleo. Es más, ingresaron 70 mil nuevos funcionarios en los últimos 6, 7 años. (Y atenti a lo que dijo Mujica). Cada vez va a haber menos empleados privados y menos empresas para pagarle el sueldo a los empleados públicos. Y esto es así. Se lo mire por derecha, por centro, por izquierda, por arriba o por abajo.

Los trabajadores de Adeom plantean a Raffo el tema de las ocupaciones -un tema prácticamente saldado y reclamado reiteradamente por la OIT. Uno esperaba saber cuál era el aporte y el esfuerzo de los municipales para que la ciudad este más limpia, para que no la agobie la basura, para que las calle tuvieran menos pozos y se comenzaran a arreglar algunas veredas y de paso poner algunas luces. Pero la mayor preocupación de los municipales parece ser, según la prensa, la ocupación de los lugares de trabajo. Todo es un solo Frente, de eso se trata y es parte del bombardeo y el terreno tortuoso.

Marzo y abril, ley de urgencia y elecciones municipales. Va a ser bravo. Ya hay anuncio de paros. La oposición la tiene clara; se resisten a aceptar las decisiones ciudadanas cuando no le son favorables y eso es sabido y es aquí y en todas partes.

Lo dicho y repetido, Lacalle y la coalición multicolor tienen una dura tarea y una difícil prueba.

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