Danilo Arbilla
Danilo Arbilla

La gente se muere

El ser viejo tiene sus bemoles. Pero es el único método para vivir mucho que se conoce y es un hecho que a medida que pasan los años uno más se arrima a la tumba. Porque la gente, al final, se muere. 

Se conoce un solo caso de resucitado, pero fue hace muchos años y no todos creemos que haya sido así.

Ser viejo afecta al resto. Se pierden habilidades, se embroma a la familia -aunque lo asuman con alegría y responsabilidad-, se repiten los cuentos, se afirma que antes se jugaba mejor, la mayoría cuenta que estuvieron en el Centenario en la final del ’30. Según estos testimonios fue el partido de fútbol con más público de la historia. Llevo contabilizado cientos de miles que estuvieron allí: solo superados por los que lucharon contra la dictadura, con actividades clandestinas -tanto que nadie se enteraba-, o que fueron al exilio. “Cuénteme Danilo cómo era la vida durante la dictadura”, me dijo una vez Raúl Sendic, el viejo. “Yo le pregunto a los compañeros y solo me relatan de sus luchas contra la dictadura, y entonces pienso por qué no cayeron antes. La verdad, es que nos habían vencido, estábamos todos presos, pero afuera la vida seguía, y esa es mi curiosidad”, reflexionaba, palabras más, palabras menos (ya lo he contado antes), el veterano guerrillero con quien entonces éramos colegas: él director de Mate Amargo y yo de Búsqueda.

Los viejos, además, corrompen los sistema de seguridad social. Nadie pensó que tanta gente iba a vivir tanto.

Lo que no podemos es pasarle la responsabilidad y menos culpar a los jóvenes. A estos que no festejaron su cumpleaños de 15, a los que se les cierran los boliches, se les acorta la noche -como si el Covid-19 fuera un bicho que solo trasnocha- a los que se les advierte y se les advierte

Ojo; yo creo que el gobierno lo está haciendo bien, incluso en su arenga a los jóvenes. Tienen que hacerlo. Aplaudo y aplaudo al ministro Salinas, a la comisión de expertos, y al gobierno. Un gobierno que, dicho sea al paso, de entrada pateó a los viejos para el costado, siendo el porfiado de Julio María Sanguinetti la excepción. Pero ha sido así ¿ no Don Luis?

Los viejos somos vulnerables, pero por viejos, y somos los que nos tenemos que cuidar. Yo fumo y he fumado por más 50 años -desde los 13- tengo sobrepeso y bebo (con moderación) y como (sin moderación). Cargo sobrepeso y dos “patías” (17 pastillas por día). En mi época de joven conducía a más de 140, me “mamaba” bien seguido, fui a miles de manifestaciones con gente de a caballo reprimiendo. He subido a mil aviones. He vivido los mejores 75 años de la historia de lo humanidad, al decir de Enrique Iglesias, otro de los porfiados.

¿Con qué derecho puedo reclamarle algo a los jóvenes? Bastante bien se han portado.

El destino de los viejos no es un delito de los jóvenes.

Me cuido y esa es la responsabilidad. Mis hijos me cuidan y me cuidan mis nietos en una muestra de cariño inmensa. Pero me sacrifico: ya no cenamos todos juntos (son 4) y mantenemos distancia. Más no les puedo pedir. Este año no vamos a veranear juntos: ellos tienen que ir a la playa, salir de noche, estar con sus amigos.

Tenemos que cuidarnos. Eso sí, con riesgos calculados: una vez por semana por lo menos viene Felipe -nuestro bisnieto- y ahí sí que nada de distanciamientos. Es una inyección de vida. Y la alegría de saber que con él, con ellos, uno seguirá.

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