Danilo Arbilla
Danilo Arbilla

El Frente y su “heladera”

La gran mayoría de la gente vota en función de su situación personal, muy especialmente la económica: eso lo conoce mejor que nadie.

Todo lo demás -programas, plataformas, ideologías, pertenencia partidaria- pasa a segundo plano; cada votante, mayoritariamente, decide según su “microeconomía”.

Esta explicación, palabras más, palabras menos, sobre los fundamentos y la validez del sistema del voto universal, sin discriminaciones ni calificaciones -un ciudadano un voto- me la dio el profesor Juan Linz de la Universidad de Yale, hace ya muchos años. “Nada de voto calificado -me dijo-; nadie está mejor calificado que cada uno para decidir qué gobierno le conviene, en función de cómo le va en la feria. Y ello quita ‘impurezas’ al mensaje para los gobernantes que habrán de representar a los ciudadanos”. En eso basaba la superioridad y validez del sistema el reconocido sociólogo, fallecido en 2013 y quien fuera profesor en Yale del siempre recordado Luis Eduardo González.

Supongo que en ese “factor individual” descansa una cierta confianza de los frentistas, creyentes de que aún se pueden dar el lujo de candidatear “una heladera” (Raúl Sendic dixit). El objetivo es la conquista de una buena porción del millón de ciudadanos que no votaron en las internas y que son los que deciden el partido. El oficialismo, ya lo hemos señalado en artículos anteriores, confía en el voto de los jubilados, que hoy están mejor -aunque no sepan lo que les espera- y el grueso de los funcionarios públicos -300 mil- que han sido privilegiados salarialmente además de ser “conducidos” por una dirigencia sindical que responde al gobierno y a la que este le ha dado todos los instrumentos para ese manejo de los afiliados (pobres de los que no lo son).

Pese a que hoy hay más riesgos que en las anteriores, en esta primera instancia electoral los frentistas muy divididos -el numero de listas casi duplica a las de la última elección-, priorizan la carrera interna. La lucha está polarizada entre el MPP y el Partido Comunista, que figuran como muy amigos, aunque no lo son ni lo fueron. El 27 se definirá quién manda, en función de los legisladores y del manejo de “instrumentos” y “aparatos” (léanse Pit-Cnt, las bases, Mides, “organizaciones sociales” sobre lo que sea, etc.) más los recambios ineludibles que determine el pasar del tiempo.

Recién después del 27 volverá a flamear la bandera de la “Unidad” y todos los esfuerzos sí se concentrarán en destacar las virtudes de “la heladera”. Y no serán pocos, porque primero, los progresistas de izquierda no están acostumbrados a dejar el poder aunque hayan llegado a él por la vía democrática -que son las excepciones- y segundo, porque tienen miedo del volver al llano. Les asusta la sola idea de no poder vetar la formación de comisiones investigadoras. (Imagínese uno la fiesta que se puede hacer una comisión que investigue los fundamentos y los porqués de la política exterior del señor Nin Novoa, quien simplemente cumple órdenes).

Hemos visto una campaña sucia hasta ahora; con cosas extrañas, con demasiada participación de demasiados fiscales y jueces, con funcionarios soberbios y dirigentes gremiales y sociales desacatados, que de antemano anuncian “qué van a permitir y qué no van a permitir”. Tengo la sensación que en materia de cosas sucias todavía falta por ver.

No todo es económico, es cierto. Hay otros elementos que importan y mucho para el bienestar de la gente: uno es la seguridad personal, otro la pérdida de libertades y a ello en este presente se suma un sentimiento de rechazo -y calentura- de la gente frente a la soberbia, el patoterismo, la impunidad, el abuso de poder y la corrupción (que se compren colchones con nuestra plata).

Ahí están los lados flacos del FA. Todos esos factores pesan mucho y son los que empujan por el cambio. Eso es, un cambio que implica echar al FA primero que nada.

Hay que ver sin embargo si la oposición convence a los votantes de que constituye un bloque para cambiar la situación y ponerle freno y revisar todo lo hecho por los últimos tres gobiernos: desde los nuevos 70 mil funcionarios hasta los desbordes sindicales pasando por el enriquecimiento de jerarcas.

No hay que ignorar que la división de las fuerzas opositoras ha sido el fuerte de Chávez, el PT, Ortega, Correa, los Kirchner. Son muchos espejos para no mirarse en ellos.

La oposición no puede prometer milagros en el campo económico, pero debería sí presentarse como una fuerza capaz y pareja para encarar los nuevos tiempos (que no van a ser nada fáciles). La sensación sin embargo es de que hay grietas.

Luis Lacalle Pou se ha esforzado por buscar de antemano la conformación de ese bloque. Por supuesto que él es el que saca más partido en el entendido que disputará el balotaje, aunque es bueno reconocerle coherencia en ese aspecto.

Pero el Partido Colorado, y más específicamente su candidato Ernesto Talvi, ha minado mucho esa unidad. Hay colorados que públicamente han anunciado que no votarán a Lacalle en una segunda vuelta. Uno no sabe si están en contra o a favor del ministro del Interior y su política, si están en contra o van a hacer acuerdos puntuales con el FA y si prefieren a Manini o a Martínez. Pienso que esto no le hace bien a la oposición en general ni a los colorados en particular. Hay que tener en cuenta, empero, que esa no es la visión unánime dentro del partido Colorado y que recién se sabrá si es la mayoritaria después del 27.

El expresidente Julio María Sanguinetti ubicó las cosas desde un principio y en un lenguaje clarito: la lucha es entre quienes creen que en Venezuela hay una dictadura y los que creen que no. Y simultáneamente señaló que por sobre todas las cosas el objetivo es que la coalición de izquierdas sea sustituida con una coalición democrática y liberal.

Parecería esa es la clave del triunfo de la oposición. Y para después.

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