Danilo Arbilla
Danilo Arbilla

Certeza, enigmas y danza

Luis Lacalle Pou es el presidente electo y Beatriz Argimón la vicepresidenta electa.

Y ya tenemos senadores y diputados. También es cierto que hoy no hay fútbol. No habrá desvío ni alivio respecto al tema político. Los árbitros nos han sacado tarjeta roja a todos. Mal sacada. No son tan drásticos cuando alguno de ellos le erra feo; y a veces más que las encuestadoras. Nos dejan de a pie y dedicados a barajar nombres para el próximo gabinete, en una danza que culminará recién en unas dos semanas cuando Lacalle haga el anuncio definitivo.

En mi próxima columna, entonces, tendremos la certeza sobre cuál será el multicolor equipo que acompañará al flamante presidente y que se hará cargo de los cambios. Que de eso trata. Es lo que votó la mitad mayor de los orientales.

Mientras reviso mis apuntes de tantas cosas que han pasado, algunas también certezas, y otras que ubico en el marco de los enigmas: por ejemplo ¿por qué Mujica no estaba? Veamos.

¿De qué se ríe? ¿Cuál fue la razón para que Daniel Martínez festejara tanto la derrota? Porque, no creería, con los números en mano, y más él, ingeniero, que la cosa se iba a revertir. El FA perdió 3 senadores y 8 diputados, la mayoría parlamentaria y la presidencia. Después de dos balotajes seguidos en que robó, esta vez no, y tras 15 años la izquierda perdió el poder. ¿Por qué tantas risas y saltos? ¿Será porque esta vez, aunque no le alcanzara, fue la remontada mayor del FA de octubre a noviembre? Quizás. No se trataría entonces de un “Pa’ los contras” (los multicolores), sino de un “tomá pa’ vo y pa’ tu tía Gregoria” para la interna ante el hecho de que en las generales cada grupo se preocupó más de marcar sus fuerzas que de impulsar la fórmula, lo que le mermó posibilidades y dañó la imagen de Martínez. El balotaje fue su revancha. O algo así.

En mi pueblo se contaba el caso de un gaucho que todos los años invitaba a un asado para festejar el aniversario de la Batalla de Tupambaé. Una vez uno de los invitados le pregunto: ¿Y vos qué festejás, en Tupambaé murió un hermano, un primo y un tío tuyo? A lo que el gaucho le respondió: “Yo festejo que me salvé, el que cagó, cagó”. Y por ahí va la cosa.

Vivan los viejos. En un mundo en que los viejos son tan discriminados, más que ningún otro “colectivo”, salvo el de los gordos, el más ignorado y desamparado de todos, estas elecciones fueron un triunfo para dos veteranos: los expresidentes Sanguinetti y Mujica.

Un Frente resquebrajado si seguía en el gobierno podía degenerar en algo así como la Venezuela de Maduro. Tendrían que pasar otros 50 años para lograr un nuevo FA. Y la visión de Mujica iba por ese lado. Mejor perder, los tiempos que vienen van a ser duros y la herencia es mala.

La oposición, en cambio, quita responsabilidades, une, lima asperezas, limita ambiciones y sobre todo aleja las malas tentaciones, a las que la dirigencia frentista ha dado muestras que es tan sensible como cualquiera. Además, también está la esperanza de que se repita la película Macri-Argentina, que, aunque no es lo mismo, nadie está libre.

La oposición le ayudará al FA, pero ello no hará desaparecer algunas fisuras, difíciles de enyesar, y que habrán de darse en el Parlamento y en el sector sindical. Se me hace que Mujica ayudará a que la oposición no sea destructiva en el Parlamento, pero en el plano sindical ya es más difícil. Aquí el Partido Comunista pisa fuerte y se sostiene que con este la negociación siempre es más fácil.

De todas formas, a los comunistas el MPP les disputa la supremacía en el campo sindical y la lucha está dada y seguirá. Lo serio del tema es que en la esfera gremial la conquista del poder se logra a través de la movilización, la agitación y soliviantando a los electores, los trabajadores, cuyo motor es el aumento, las conquistas, los beneficios, en una palabra, el salario, como bien lo remarcaba Héctor Rodríguez. Y desde la oposición no importan la política general y las posibilidades presupuestales. En el gobierno la central -el Pit-Cnt- tenía que encararlo desde otra perspectiva como ocurrió estos años (ver caso UPM), pese a que aun así la soberbia la llevó a abusar de su poder en desmedro de los intereses del país (ver las empresas que se fueron y las que cerraron).

Y por si fuera poco este es uno de los campos en que decididamente la gente que votó por el cambio espera que estos se den. Y no solo se trata de las ocupaciones y de que no se siga privilegiando a los funcionarios públicos a costa de los trabajadores privados. Menuda tarea.

Si esta fue la visión de Mujica, como se dice cerca de él, la redoblona le ha salido bien. De rebote benefició a Lacalle.

El otro caso es el de Sanguinetti. Su irrupción en la política, con toda su experiencia, fue clave para el triunfo de la oposición o para la derrota del FA. Fue una impecable estrategia de marketing político, al decir de un especialista. Por un lado, dividió las aguas -a favor o en contra de la dictadura venezolana- y sustituyó todos los desgastados maniqueísmos de la izquierda (pueblo vs. oligarquía al decir de Villar). Los puso a la defensiva.

Paralelamente propulsó la coalición a nivel de clave del triunfo. Y la hizo creíble: la presentó como ofrenda al partido mayoritario de forma de que nadie pudiera sospechar de intereses personales o partidarios. Fue antes de las internas, y de que él resolviera participar en las de su partido. En todo momento apuntaló esa idea, incluso cuando peleó, si es que peleó, por su candidatura. Por momentos pareció que sacrificaba la estrategia propia en aras de la coalición, frente a un contendor muy agresivo y que bombardeó mucho la alianza.

Luis Lacalle, que siempre habló de gobernar en coalición, pero desde la jefatura de la opción mayoritaria, también es cierto, tomó con entusiasmo la bandera y manejó la idea con mucha inteligencia y habilidad política.

Creo que Sanguinetti y Mujica ganaron y que Lacalle, un hombre que como que reniega de las generaciones anteriores, con respeto, pero lo hace, debería tener en cuenta estos aportes del pasado. Sobre todo, para lo que viene, porque es más fácil manejar una coalición para juntar votos que para gobernar.

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