Danilo Arbilla
Danilo Arbilla

De centros y debates

Y lo voy a decir: no creo que los debates entre candidatos constituyan un aporte clave para un democrático y libre proceso electoral.

Algunos los ven como casi ineludibles; pienso que a lo sumo se trata de una de las tantas contribuciones al debate general, con el riesgo de que puedan confundir más que esclarecer al elector. Desde hace mucho creo que la decadencia de la democracia comenzó con el debate televisado entre Kennedy y Nixon. ¿No les asusta que en una de las mayores democracias del mundo se haya elegido al presidente por el color del traje, la camisa y la corbata al tono y porque tomó la precaución de tostar su piel a pleno sol? Lo eligieron pero después lo mataron a tiros.

De todas maneras voy a dejarlo para lo último. Tengo más temas para esta columna quincenal y remarco esto porque en dos semanas suceden tantas cosas que uno se olvida o ya han perdido vigencia. Caso del veto y de hecho tarjeta roja o colorada a Bordaberry. Alguien me dijo: “no pasa nada, en dos días ya la gente se olvidó”. Y tuvo razón, del tema ya no se habla. Lo que es difícil de establecer es si deja secuelas y de qué magnitud. Yo me pesqué una “culebrilla” (herpes zóster) y, como dijo el curandero, “maizena y en una semana ni rastros de la erupción” y fue así, pero ahora tres años después no puedo caminar (las eventuales secuelas de que a su vez me advirtió la neuróloga).

A las encuestas creo que hay que encararlas recién a partir de la segunda quincena de setiembre. El tema que no desaparece, en cambio, es el de Venezuela. Sanguinetti lo instaló desde el principio: que cada uno cante la justa.

Es claro que Danilo Astori, a su estilo, lanzó el tema para agotarlo y quitarlo de la agenda y del debate electoral que comienza a fines de este mes. El asunto es volver al esquema pueblo versus oligarquía. El chisporroteo frentista interno no pasa de eso y de ciertos saludos a la bandera: ellos saben bien qué es una dictadura, pero una dictadura amiga y apéndice de la cubana.

De cualquier forma la actualidad y vigencia de la tragedia venezolana no depende de los vaivenes preelectorales uruguayos. Mientras tanto Nin seguirá a los tropezones. Supongo que ya habrá algún periodista preparando un libro con los dichos de Nin, desde la época en que justificaba la alianza con los EE.UU. de Bush, ante una eventual guerra con la Argentina del prepotente Néstor Kirchner (mal bicho “el tuerto”, Mujica dixit). El libro debería incluir, por supuesto, el comunicado sobre la última injerencia yanqui en las elecciones uruguayas. Le tocó estar de este lado, porque si estuviera del otro no sería extraño que fueran los finlandeses los acusado de interferir, UPM mediante, en nuestros asuntos internos y electorales máxime cuando todo ha sido tan en secreto.

Astori, en cambio, es otra cosa. Es el mimado de la oposición cautivada por los desengaños y arrepentimientos del más frentista que cualquier otro frentista; mucho más que los del MPP, que nunca amaron en serio al FA o que los comunistas que lo ven, meramente, como “un medio”. El hecho es que se ha salido a la caza de los votos astoristas de centro izquierda -¿ Astori de centro izquierda? Si existe ese conglomerado de muy poco le ha servido en sus internas al exvicepresidente. Astori ha sido el eje de estos 15 años de gobierno de izquierda, y los votos que tiene no son de centro ni de nada, son frenteamplistas igual que él.

El FA, a no equivocarse, actúa como Partido único, cosa que no pasa ni esta pasando con los partidos de la oposición. A estos ahora Daniel Martínez envió una carta para un gran acuerdo en el que algunos -Novick, Manini- de antemano quedarían por fuera -primera gran coincidencia entre el FA y los colorados- pero en el que, al tren que vamos y los “corrimientos” que se perciben no es extraño que se sumen el Pit-Cnt y “las bases”.

¿ Y el cambio dónde está?

El excomandante, debe ser uno de los más agradecidos. Y más cuando le dejaron picando la pelota con respecto a la ley “Trans”, contra la cual votaron 270 mil uruguayos, seguros. Manini fue a votar tempranito.

Y culminando con los debates, coincido con la diputada Elena Grauert sobre los riesgos de las regulaciones en materia de libertad de expresión. Limitar a los candidatos en su estrategias no me parece pertinente ni implica ecuanimidad. Tampoco no hacer debates atenta contra el derecho a la información de los electores; estos, en épocas de elecciones tienen infinitas formas para saber qué piensa y qué propone cada postulante. El que quiera debatir, lo hace o no según le parezca o le convenga, y corre los riesgos. El debate más que informar sobre las propuestas y programas puede incluso desinformar. Al principio cuando eran más libres y “más debate” hasta el manejo de las cámaras podía inclinar la balanza para un lado o para el otro y tanto es así que desde aquel encuentro del 26 de setiembre de 1960 a hoy cada vez son más libretados, hay más sorteos y cronómetros, sastres y maquilladores y una casi nula intervención periodística. Ni chicha ni limonada. Pienso que no ayudan, confunden y, si son obligatorios, coartan la libertad.

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