Claudio Fantini
Claudio Fantini

Venezuela y la grieta global

Venezuela es una muestra más de que “la grieta” está globalizada.

Los países toman posición a favor de uno u otro bando y, en la mayoría de los casos, esos posicionamientos no tienen que ver con interpretaciones de la Constitución venezolana o sobre la “razón democrática” que esgrime cada parte, sino que responden a intereses geopolíticos y económicos.

En el Kremlin no se sentaron a estudiar el artículo 233 de la carta magna bolivariana para ver si Guaidó lo está aplicando correcta o incorrectamente.

Lo que le importa a Moscú es poner otro pie en las inmediaciones de Estados Unidos (desde la era soviética tiene un pie en Cuba) saltando el “cordón sanitario” que las potencias occidentales tendieron a Rusia al incorporar en la OTAN a ex miembros del Pacto de Varsovia.

A Xi Jinping no lo desvela la calidad de una democracia caribeña. Preside un autoritarismo capitalista al que le preocupa que se cumplan los contratos que ha firmado el régimen y que le paguen la inmensa deuda que esa “ineptocracia” contrajo con Beijing.

También sería una novedad que ha Bolsonaro lo movilizaran convicciones democráticas. El presidente brasileño pasó 30 años de vida política haciendo apología de un golpe de Estado (el que derribó a Joao Goulart) y elogiando una dictadura: la que inició el general Castelo Branco y concluyó el general Figueiredo.

Igual que Trump, detesta a los déspotas cuando son de izquierda, pero adora a los que son conservadores. En la misma hipocresía caen los que detestan las dictaduras derechistas, pero defienden a las de izquierda.

Los ideologismos, igual que los intereses económicos y estratégicos, bloquean un razonamiento elemental: no hay dictaduras buenas y dictaduras malas. Hay dictaduras y democracias. Las culturas autoritarias de izquierda y derecha defienden las dictaduras, mientras que el pensamiento liberal-demócrata, de centroderecha y de centroizquierda, tiene en claro que lo único aceptable es la democracia.

Los venezolanos llevan casi una década, o más, padeciendo una oscura pesadilla. Impera sobre ellos el régimen esperpéntico de la casta política-militar que hundió un país que flota en petróleo, provocando la bancarrota del Estado y empobreciendo a la sociedad.

Pueblo y Estado están empobrecidos pobres, pero la casta político-militar es rica porque se asoció con mafias locales y extranjeras para abarrotar las cajas negras del enriquecimiento propio y para financiar la compra de lealtades internas y externas.

No obstante, una cosa es tener en claro la calaña del régimen y otra es apoyar cualquier modo de liberar a los venezolanos de su atroz pesadilla.
La Unión Europea considera, acertadamente, que la mejor forma es la negociación. Pero entendida con el límite de que lo único negociable es el retorno a la democracia. “Diálogos” como los que propiciaron Rodríguez Zapatero y el Papa fueron, en realidad, instrumentos funcionales al objetivo del régimen: perpetuarse.

Lo único negociables es la forma de salir de la ratonera autoritaria que construyó la casta político-militar, retomando la democracia liberal, o sea el sistema en el que impera la división de poderes, el pluralismo, las libertades públicas e individuales y los derechos y garantías en los que se funda la sociedad abierta.

Buscar una salida en el campo de batalla, y no en la mesa de negociación, podría convertir a Venezuela en un agujero negro geopolítico. Y como ya hemos señalado en esta columna, los agujeros negros geopolíticos, igual que los interestelares, devoran todo lo que los rodea.

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