Claudio Fantini
Claudio Fantini

La trama de Temer

¿De qué se sorprenden los que se sorprenden? Muchos políticos, empresarios y formadores de opinión en Brasil reaccionaron con perplejidad ante la detención de Michel Temer.

En realidad, como en un juego de palabras, lo sorprendente es la sorpresa. Al fin de cuentas, nada debía ser más esperable que la orden para llevar al ex presidente donde desde hace tiempo quieren sentar: el banquillo de los acusados.

De hecho, cuando ocupaba la presidencia, la Justicia había pretendido procesarlo por corrupción, pero lo salvaron sus fueros y el blindaje legislativo que, con sus votos bloqueando el pedido judicial, le dieron los congresistas de los partidos más salpicados por el “petrolao” y otros escándalos.

En rigor, hay razones para sospechar que Temer y su PMDB tienen más responsabilidad que Lula y el PT en el sistema de corrupción que impera desde hace casi medio siglo. Una de esas razones es que el radar de la Justicia detecta posibles engranajes de sobornos y desvíos de fondos públicos desde que Temer era, en la década del 80, secretario de Seguridad de gobernador de San Pablo André Franco Montoro, quien por entonces militaba en el PMDB, al que luego abandonó para fundar el PSDB.

El PMDB es, posiblemente, el principal engranaje del sistema de corrupción que está develando el Lava Jato, porque es la fuerza política más grande de Brasil debido a su presencia en todos los rincones del país. Sin embargo, sólo encabezó el primer gobierno de la transición, presidido por José Sarney tras la muerte de Tancredo Neves.

Desde entonces el PMDB integró todas las coaliciones gubernamentales, pero éstas tuvieron como presidentes a líderes de otros partidos. Desde esas coaliciones de centroderecha y centroizquierda, el PMDB pudo controlar desde hace al menos cuatro décadas más ministerios de los que pudieron controlar, en el mismo lapso de tiempo, todos los demás partidos, incluyendo los que han presidido el país.

Más allá de la responsabilidad del PT en la continuidad y, probablemente, el crecimiento del esquema de financiación ilegal de la política, el hecho de que ese partido y el PSDB, a diferencia del PMDB, no hayan estado en todos los gobiernos posteriores al régimen militar, sugiere que la mayor de las fuerzas conservadoras está más contaminada de corrupción que las demás.

Temer es una figura clave en esa contaminación porque su nombre aparece en muchas investigaciones sobre lavado de dinero, desvío de fondos, tráfico de influencias y sobornos. Por caso, las investigaciones de coimas por obras en el puerto de Santos, y de desvío de fondos por más de 500 millones de dólares para la construcción de la central nuclear Angra 3.

Al hombre al que había protegido otro “pemedebista” preso por corrupción, el ex titular de la cámara baja Eduardo Cunha (quien fue clave en la habilitación del impeachment a Rousseff) lo entregó otro miembro del PMDB, y la acusación incluye a Moreira Franco, su ministro de Energía y dirigente del mismo partido.

Probablemente, los que reaccionaron con perplejidad ante la detención pensaban que el Lava Jato ya había sido desactivado en su faz más relevante, reemplazando la pesca de peces gordos por la de mojarras.

¿En qué momento se había producido tal desactivación, según las expectativas de los estupefactos? En el momento en que Sergio Moro saltó del juzgado de Curitiba al centro del poder político. Golpeado en su credibilidad por Moro, el Lava Jato había entrado en una vía muerta. Lo puso nuevamente en ruta el juez Marcelo Bretas, de Río de Janeiro. Y con Temer y su partido bajo la lupa judicial, esa ruta podría llegar a convertirse en autopista.

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