Claudio Fantini
Claudio Fantini

La traición de la palabra

Una vez, John Maynard Keynes sostuvo una tesis inversa a la que había sostenido hasta entonces. 

Alguien se lo reprochó, preguntándole por qué ahora explicaba lo inverso a lo anterior y el economista británico respondió: “porque me di cuenta de que estaba equivocado y cambié de posición ¿Qué es lo que usted hace al advertir que ha cometido un error?”.

Igual que en el caso de Keynes, en política es sano admitir un error y cambiar de posición. Pero para que ese cambio no sea una treta inescrupulosa y oportunista, debe antecederla la admisión del error y la explicación del cambio de postura. Si no lo antecede autocrítica y explicación, el cambio de una posición a otra implica una traición a la palabra.

En la política argentina, la palabra es una eterna traicionada. Con impudicia, quienes ayer decían “blanco” hoy dicen “negro” sin admitir siquiera, como hizo Keynes, que estaban equivocados.

Sergio Massa es un traidor serial de su palabra y, en estos días, lo está haciendo una vez más. Del autor de la “ancha avenida del medio” ahora llega “tenemos que crear una única coalición opositora”.

Lo dice como si una única coalición opositora no contradijera su posición anterior. “La ancha avenida del medio” implica la existencia de dos veredas opuestas. Transitar entre ambas significa rechazar a las dos.

Massa explicó mil veces que el rumbo correcto no podía ser recorrido ni con Mauricio Macri ni con Cristina Kirchner y que ambos liderazgos representaban las actitudes y posiciones que era imprescindible superar.

En síntesis, el ex intendente de Tigre fue el primer impulsor de la “tercera vía”, que no está referida a la alternativa entre el conservadurismo thatcheriano y el laborismo estatista que planteó Anthony Guidens y llevó al gobierno británico Tony Blair, sino a un movimiento político que no tuviera nada que ver con las dirigencias macrista y kirchnerista.

Pero en las últimas semanas su discurso comenzó a volverse ambiguo. Ante periodistas o ante multitudes, puede hablar diez minutos o una hora sin decir nada comprensible sobre lo que hará con su candidatura. Como una mosca en el cristal de la ventana, resulta difícil saber de qué lado está.
Hasta resultan exasperantes sus alambiques retóricos indescifrables. Tanto esfuerzo para ocultar sus verdaderas intenciones ni siquiera logra el objetivo, porque resulta obvio que especula hasta el último segundo para confirmar si se quedaba donde está o salta a donde más le convenga electoralmente.

Por cierto, el oportunismo y el travestismo político no es patrimonio de Massa. Pero el líder del Frente Renovador es uno de sus más notables exponentes. Aunque el mayor problema no es el doble juego de los dirigentes, sino que la sociedad sea tan permisiva con la hipocresía que exhiben.

Otro salto político realizado con descaro es el de Alberto Fernández para subirse a la nave kirchnerista. Que dirigentes que estuvieron distanciados y se criticaron mutuamente, de repente se acerquen y superen antagonismos, es algo políticamente sano. Pero si esos dirigentes intercambiaron acusaciones y descalificaciones brutales, entonces alcanzaron un punto del que no hay retorno.

No son el único caso. Elisa Carrió no debió aliarse con Macri sin antes explicar todas las gravísimas acusaciones que le hizo en el pasado cercano. Sin embargo, pasó en un santiamén de difamarlo a idolatrarlo.

Del mismo modo, que Cristina y Alberto Fernández hayan terminado en la misma fórmula, prueba la poca credibilidad que debe atribuirse a lo que dicen cuando afirman, niegan, prometen, atacan o bendicen.

Sólo si admitieran haber mentido por conveniencia o haberse equivocado por negligencia, sus giros copernicanos podrían ser tan aceptables como los que daba Keynes cuando advertía que estaba equivocado.

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