Claudio Fantini
Claudio Fantini

Teorías conspirativas

En la antigüedad, las epidemias y los cataclismos que diezmaban poblaciones, tendían a explicarse mediante la ira de los dioses y el castigo del inmisericorde Dios del Antiguo Testamento. 

En la Edad Media aparecieron las primeras teorías conspirativas, para explicar plagas exterminadoras mediante la acusación de algún grupo étnico o religioso.

En el siglo XIV, los judíos fueron los “culpables” elegidos para explicar la Muerte Negra. Se los acusó de haber envenenado ríos para aniquilar a los cristianos de Europa, a pesar de que la peste bubónica se había originado en China. Culpar a los judíos porque la iglesia católica los estigmatizaba como “pueblo deicida”, atravesó los siglos hasta desembocar en el genocidio cometido por la Alemania nazi.

Desde siempre, no hay cataclismo o desastre que no genere teorías conspirativas. Así ocurrió con el 11-S, donde una teoría conspirativa se convirtió en best seller por afirmar que el propio gobierno norteamericano provocó los atentados lanzando aviones comerciales contra las torres gemelas y el Pentágono: el libro “La gran impostura”, de Thierry Meissan.

No podía ser diferente con el coronavirus. El flagelo que atrapó a la población mundial en lo que parece el guión de una ficción distópica, generó un big bang de teorías conspirativas. La mayoría se caracteriza por tener rasgos delirantes. También están las que tienen algún fundamento lógico, como las que se generaban en el marco de la Guerra Fría.

Durante la Confrontación Este-Oeste que marcó el siglo XX, detrás de todos los desastres ocurridos a uno y otro lado de la Cortina de Hierro, los estrategas de inteligencia describían confabulaciones urdidas en la CIA, el KGB, la Casa Blanca y el Kremlin.

Ahora, el estado chino está abalando indirectamente la teoría conspirativa que acusa a Estados Unidos de haber engendrado el coronavirus en laboratorios secretos y haberlo introducido en Wuhan para dañar el centro de producción de tecnología 5G de telefonía móvil, punto central en la Guerra Comercial entre Washington y Beijing.

El flanco débil de esta versión es la de toda teoría conspirativa. Era inevitable que China buscara sacarse de encima la presunta responsabilidad inicial de que el origen del mal que sumió al mundo entero en una pesadilla, pueda estar en una falencia de su sistema alimentario.

Que las teorías conspirativas tengan una expansión tan veloz como la del propio coronavirus, es natural. Lo extraño es que entre tantas, no sobresalga la que debió aparecer desde el comienzo de la pandemia: se trata de una confabulación para poner límites a la prolongación de la vida humana y el cuello de botella que está produciendo en los sistemas previsionales de todos los sistemas económicos vigentes.

Las poblaciones envejecen en gran parte del mundo desarrollado y el trabajo que debe sostener las jubilaciones empieza a perder la batalla con la tecnología. La reacción inicial en todas las sociedades es oponerse a los intentos gubernamentales de aumentar la edad jubilatoria. Los sistemas previsionales empiezan a colapsar y, de repente, aparece un virus que puede aliviarlos, reduciendo la franja que los compromete.

A la hora de imaginar confabulaciones siniestras, algunos lectores habrán recordado al Diario de la Guerra del Cerdo, la novela en la que Bioy Casares describe las tribulaciones de Isidoro Vidal, miembro de la generación atacada por las nuevas generaciones, porque los jóvenes habían decidido librarse de los ancianos.

Por cierto, también esta lectura oscura y ficcional se explica por ese fenómeno que los cataclismos y desastres producen inexorablemente: las teorías conspirativas.

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