Claudio Fantini
Claudio Fantini

La sombra del reino saudí

Lo extraño no sería que el régimen saudita asesine un disidente, sino que lo haga de una manera tan obvia y brutal como parece haberlo hecho.

La desmesura de las amenazas que está esgrimiendo Mohamed Bin Salmán confirmaría su responsabilidad en la desaparición de Jamal Khashoggi.

Lo que debiera hacer el príncipe que ejerce el poder que aún debería monopolizar su padre, el rey Salmán, es entregar a Turquía las grabaciones de las cámaras de seguridad de su consulado en Estambul. La cuestión es simple. Si las cámaras registraron el ingreso de Khashoggi a la se-de diplomática, también debieron registrar su salida. Salvo que no haya salido jamás.

Si no salió, las posibilidades son: que quedara secuestrado en el consulado; que lo hayan asesinado y retengan su cadáver, o que lo hayan asesinado y sacado el cuerpo del lugar.

Esta última posibilidad, la más lógica, implica que fue descuartizado y retirado en valijas o cajas por algunas de las personas que entraron y salieron; o bien diluido con ácido y escurrido por las cañerías.

La primera versión sería creíble porque un grupo de sauditas, que pueden ser agentes del Estado o sicarios profesionales, llegó a Estambul días antes de la desaparición y pu-do haber realizado el trabajo, enviando los restos descuartizados del disidente por valija diplomática a Arabia Saudita.

Semejante teoría quedaría descartada si se permitiera un peritaje a las cámaras de seguridad. Riad debe probar algo tan simple como que el hombre que ingresó al consulado también se retiro, vivo y entero.

Pero en lugar de entregar esas pruebas, el príncipe muestra una furia ígnea y amenaza con patear el tablero de la economía mundial provocando una trepada cataclísmica del precio del petróleo.

El Cartel de Medellín proponía "plata o plomo" a quienes lo desafiaban. La alternativa era enriquecerse o morir acribillado. Mohamed Bin Salmán propone a las potencias de Occidente seguir haciendo millonarios negocios con él, o padecer las consecuencias de la crisis que podría causar si no aceptan su inconcebible versión de los hechos.

En ese caso, grandes empresas europeas perderían negocios archimillonarios con los proyectos faraónicos del príncipe; Washington perdería una venta de armamentos por un monto sideral y los países emergentes que dependen de la importación de crudo se hundirían en descomunales crisis.

Desde que Abdulaziz, descendiente de los creadores de la dinastía Saud en el siglo XVIII, fundó el reino en 1932, su régimen es una teocracia oscurantista y medieval, basada en la concepción del "Islam puro" de Muhamad bin Abd al Wahhab, impulsor de la doctrina que desprecia las demás religiones y considera heréticas a las otras vertientes coránicas, con especial desdén al chiismo.

Todos los descendientes que ocuparon el trono (Saud, Faisal, Jatib, Fad, Abdulá y Salmán), mantuvieron la férrea doctrina. El actual heredero, ostentando el poder, permitió que las mujeres manejen automóviles y que funcionen salas de cine, como parte de una modernización que quedaría acotada a esos aspectos y a la economía.

La política sigue siendo despiadada. Lo prueba el asesinato en 2016 del clérigo chiita Nimr Baker al Nimr y la intervención saudita contra los hutíes en el conflicto de Yemen.

La última prueba sería la desaparición del periodista exiliado que criticaba al príncipe en The Washington Post y organizaba con disidentes radicados en Canadá una campaña para denunciar los crímenes del régimen a nivel mundial.

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