Claudio Fantini
Claudio Fantini

La sombra del Kremlin

Igual que Lenin cuando se propuso crear un partido revolucionario para construir el socialismo, el presidente de Rusia se preguntará “qué hacer”.

Pero lo que debe resolver Vladimir Putin no es la creación del instrumento para que la lucha de clases lleve al poder al proletariado, sino cómo actuar frente a las protestas que podrían derribar a Alexandr Lukashenko en Bielorrusia, y qué decir sobre el presunto envenenamiento de su principal opositor, Alexei Navalny.

Si bien algunos de sus enemigos murieron baleados, como la periodista Ana Politkovskaya tras denunciar los crímenes de guerra cometidos en Chechenia, y Boris Nemtsov, ex viceprimer ministro de Boris Yeltsin que lideraba un partido liberal en crecimiento cuando lo acribillaron en Moscú, asesinar mediante envenenamiento es como poner la firma de los agentes del Estado. La especialización en venenos imperceptibles nació en los laboratorios del edifico Lubianka, cuartel general del KGB, en la era soviética.

Por eso, cuando Navalny entraba en estado de coma, todas las miradas se dirigieron al Kremlin. Y el mundo repasaba la lista de disidentes y denunciantes del presidente ruso que han muerto envenenados o sobrevivido a envenenamientos. Con polonio 210 mataron en Londres al ex agente del FSB Alexander Litvinenko. Fueron agentes rusos los que envenenaron al líder anti-ruso de Ucrania, Viktor Yushchenko, deformándole el rostro. Serguey Skripal, otro ex espía que denunciaba crímenes del gobierno ruso, fue envenado en Salisbury.

La lista es más larga, pero con eso alcanza para explicar las sospechas hacia Putin que genera lo que le sucedió a Navalny. El abogado que investigaba y denunciada corrupción y métodos autoritarios del gobernante ruso, había sido detenido muchas veces y también atacado a golpes por matones. Por la suerte que han corrido tantos denunciantes del presidente, no sorprendería que hayan atentado contra Navalny. En todo caso, sorprende que lo hayan envenenado, porque esa forma de eliminar enemigos es el método del KGB que se convirtió en un sello de la era Putin.

La otra encrucijada de Putin está en Minsk. Al déspota bielorruso lo dejaría caer con gusto por haber pasado la última década haciendo amagues pro-occidentales para sacarle a Rusia todas las ventajas posibles, sobre todo en el precio del petróleo que le compra.

Si Putin no hace algo para sostenerlo, existe el riesgo de que Lukashenko caiga por la ola de indignación que generó el aparente fraude que cometió para prolongar un gobierno que ya lleva 26 años. Y que caiga derribado por protestas multitudinarias, podría tener el efecto en versión eslava de lo que generó la caída de Ziné Ben Alí en Túnez: la “primavera árabe”.

El déspota bielorruso militó en el reformismo democrático impulsado por Mijail Gorbachov dentro del Partido Comunista soviético. Cobró notoriedad al oponerse a la disolución de la URSS y al impulsar el proceso por corrupción que terminó derribando del gobierno bielorruso a Stanislav Shushkevich. Y cuando llegó al poder en 1996, Lukashenko construyó un modelo económico propio, con inversiones privadas pero sin privatizar empresas estatales.

Las señales más oscuras se vieron en su manejo del poder. Al KGB de Bielorrusia no le cambió ni el nombre, usando ese aparato de inteligencia para espiar a críticos y a opositores. Y se valió de proscripciones, encarcelamientos y fraudes para eternizarse en el poder.

Encarceló al popular Serguey Tijonovsky para sacarlo de la carrera electoral, pero la esposa del dirigente opositor asumió la candidatura. Pocos creen que sea real el 80 por ciento con que el déspota bielorruso “derrotó” a Svetlana Tijanóvskaya. Por eso estalló la indignación.

Putin desprecia a Lukashenko, pero dejarlo caer podría mostrar el primer brote de una “primavera eslava” con potencial de avanzar hacia Rusia.

Quizá el temor a un sismo político euroasiático como el que sacó del poder a los pro-rusos que gobernaban Ucrania, también explica la misteriosa y grave intoxicación de Navalny.

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