Claudio Fantini
Claudio Fantini

Saboteando vacunas

El “barrilete cósmico” del relato del gol de Maradona a los ingleses quedó en la historia porque fue una genial descripción de lo que ocurría sobre la gramilla y en la emoción de los argentinos.

Pero el relato que el mismo gran relator hizo el despegue del avión de Aerolíneas Argentinas que fue a Moscú a buscar vacunas, resonará en la historia como un eco totalitario. La solemnidad y el alto voltaje emocional en la descripción de los pilotos, el carreteo y el asenso de la nave como si fuera una gesta increíble en la que un grupo de patriotas se juega la vida para salvar a los argentinos, generó estupefacción y miedo en una porción del país que ve presagios oscuros en los actos surrealistas que diseñan los aparatos de propaganda.

En ningún país se escucha algo así. Los gobiernos, simplemente, adquieren la vacuna y organizan vacunaciones masivas.

Víctor Hugo Morales relatando la partida de un avión por la pantalla de un canal oficialista es una muestra de la politización de la vacuna en Argentina. Pero no sólo en el terreno oficialista se ve la indecente politización. Las voces opositoras que se centraron en sembrar sospechas sobre la vacuna rusa, también politizan irresponsablemente la cuestión.
Elisa Carrió es un ejemplo. Atacar una vacuna cuando se necesita que la gente se vacune masivamente, es un estropicio.

Se puede cuestionar el manejo que el gobierno hace de la vacuna rusa. Acusarlo de apurar los tiempos con fines propagandísticos, o señalar costados turbios de la negociación con Moscú. Pero atacar la vacuna implica atacar una campaña de vacunación. Y en medio de una pandemia, equivale a un sabotaje peligroso.

El problema de la vacuna rusa no proviene del laboratorio que la creo, sino del presidente de Rusia. Vladimir Putin hizo de la vacuna un instrumento de propaganda nacionalista y una ficha en el tablero internacional.
La vacuna rusa debería llamarse vacuna de Gamaleya en lugar de llamarse Sputnik. La fortalecería llevar el nombre de la institución científica que la creo y cuyo prestigio tiene origen decimonónico.

Gracias a ese centro de epidemiología y microbiología, Rusia fue en el siglo XIX el segundo punto mundial de vacunación contra la rabia.

Otro motivo para llamarse Gamaleya es el científico cuyo nombre adoptó el instituto a mediados del siglo XX. Nicolay Gamaleya es uno de los grandes epidemiólogos del mundo y realizó aportes inmensos en el terreno de las vacunas.

Llamarse Gamaleya sería lo natural y lo mejor para la vacuna rusa, pero Putin, para hacer política interna e internacional con ella, la bautizó con la apalabra rusa que significa satélite y que remite al primer gran triunfo soviético sobre Estados Unidos en la carrera espacial: el primer artefacto fabricado en la tierra que fue puesto en órbita, en el año 1957.

Para actuar en los mismos términos, la vacuna de Pfizer o la de Moderna debiera llamarse Apolo XI, evocando la llegada del hombre a la luna, o sea el acontecimiento que marcó el triunfo norteamericano en la carrera espacial.

Como su nombre lo indica, la carrera espacial era una competencia entre superpotencias. Plantear en los mismos términos la lucha contra una pandemia global, es indecente y perjudicial para un producto cuyo pexito depende de la confianza.

Además de haberla llamado Sputnik, en lugar de Gamaleya, Putin perjudicó la vacuna rusa al hacer anuncios que todavía no estaban probados.
Hay muchas razones para confiar en un producto del Centro Gamaleya de Epidemiología y Microbiología. Las desconfianzas surgen por las actitudes del presidente de Rusia.

Por cierto, no fue el único que actuó irresponsablemente. Además de llevar meses saboteando el distanciamiento social y el uso de barbijo, Jair Bolsonaro empezó a sabotear las campañas de vacunación, diciendo que él no se vacunará y sembrando miedo contra todas las vacunas.

Trump presionó públicamente para que Estados Unidos tuviera una vacuna aprobada antes de la elección presidencial, con el objetivo de que le aporten votos. Y podrían ponerse muchos ejemplos más de sabotaje presidencial a la confianza que necesitan las vacunas.

En Argentina los ejemplos están en la oposición y en el oficialismo. O sea en quienes la atacan poniendo en riesgo el éxito de la vacunación, y los que la convierten en instrumento de propaganda, como el desopilante relato del nuevo “barrilete cósmico”.

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