Claudio Fantini
Claudio Fantini

Revés para el Papa

La jerarquía católica sufre una derrota más en su eterna pretensión de gravitar sobre el Estado secular y sus leyes. Desde el Renacimiento, una nostalgia medieval la hizo atravesar la historia librando batallas contra la secularidad en la ciencia, la moral y la jurisprudencia.

Comenzó a perderlas en el norte del Occidente cristiano, pero lograba prevalecer sobre el Estado en el hemisferio sur. Por eso pudo retrasar la legalización del divorcio, los anticonceptivos y los preservativos, entre otros pasos que ya se habían dado en el mundo desarrollado.

La legalización del aborto es la batalla que, ahora, la jerarquía eclesiástica está perdiendo en Argentina, donde había perdido la batalla del divorcio en los años 80 y hace poco la que libró contra el matrimonio gay.

Igual que a las anteriores, a la batalla contra la legalización del aborto la perdió primero en la sociedad. Desde hace tiempo, una clara mayoría es favorable a legalizarlo. La votación de los diputados no hizo más que reflejar la posición mayoritaria. Incluso, la diferencia entre la porción de argentinos favorables y la de los contrarios, es bastante mayor a la que reflejó el voto de los legisladores. El hecho es que a esta batalla que sigue marcando el lento, pero continuo, retroceso de la gravitación de la jerarquía católica sobre el Estado y sobre las leyes, la perdió nada menos que el Papa argentino.

La iglesia y las organizaciones paraeclesiásticas usaron todo su poder de presión, sin alcanzar el objetivo. Y la razón es que a la pulseada ya la habían perdido en la sociedad civil.

Si se hubiera realizado un referéndum, como en su momento hicieron países notablemente católicos co-mo Italia y Portugal, y el mes pasado nada menos que Irlanda, la tierra de San Patricio, cuyos máximos símbolos nacionales son la Cruz Celta y el trébol con que el predicador explicaba la "santísi-ma trinidad", los argentinos habrían votado igual que portugueses, italianos e irlandeses.

En Argentina, lo que hizo que una mayoría de diputados priorizara el sentir mayoritario en la sociedad, fue entender que una opción implica imponer la convicción de un sector a otro que piensa diferente, mientras que la otra opción no impone a nadie nada que vaya contra sus convicciones.

Rechazar la ley implicaba que el sector antiabortista seguiría imponiendo su convicción al sector prolegalización; mientras que aprobarla no obliga absolutamente a nadie a nada que rechace. Ninguna mujer estará obligada a abortar si el Senado completa el paso que dieron los diputados. Un paso que, a pesar de sus ambigüedades, hizo posible Macri. Y que intentó impedir su archiopositor: el Papa Francisco.

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