Claudio Fantini
Claudio Fantini

Resurge la Primavera Árabe

La Primavera Árabe vuelve a mostrar brotes verdes. Aquel inédito proceso comenzó en el norte de Africa, extendiéndose luego al Oriente Medio.

. Y es nuevamente allí donde resurge el tembladeral que se caracterizó por levantamientos populares que derribaron déspotas y desataron guerras civiles.

El concepto Primavera Árabe alude a las protestas multitudinarias contra autócratas. Se usó a partir de las manifestaciones que derribaron a Ziné Ben Alí en Túnez, proceso que pronto se contagió a Egipto, donde las protestas en la plaza Tahrir, de El Cairo, se extendieron a Ismailia, Asuan y Alejandría, hasta que derribaron a Hosni Mubarak.

Sin embargo, la primera primavera árabe, o sea el primer caso de manifestaciones populares que lograron cambios políticos en un Estado árabe, ocurrió a fines de los años 80 en Argelia, iniciando la declinación del régimen del ELN tal como había sido desde el final del colonialismo francés.
En los últimos días, fue otra vez el protagonismo de las protestas masivas lo que provocó la caía del déspota Abdelaziz Bouteflika.

Antiguo miembro de las nomenclaturas revolucionarias que encabezaron Ahmed Ben Bela y Boumedián, el largo reinado de Bouteflika terminó siendo patético. Llevaba siete años en silla de ruedas y sin hablar. Fue la desembocadura de una serie de ataques isquémicos que lo inutilizaron.
Las protestas callejeras acaban de sacarlo del poder, cuando intentaba candidatearse para un nuevo mandato. Y las multitudes siguen en las calles de Argel, ahora para derribar al general Gaid Salah y lo que queda del clan Bouteflika.

Mientras los verdaderos iniciadores de la primavera árabe, que erróneamente se atribuye a los tunecinos, están procurando la demolición total del régimen argelino, las multitudes salen a las calles de Khartún para reclamar la caída de Omar al Bashir.

Sudán está en manos de ese dictador desde que, en 1989, derribó al gobierno de Sadiq al-Mahdi. Y su poder sobrevivió a los bombardeos norteamericanos por supuestos vínculos con Al Qaeda; a la partición del país cuando se independizó Sudán del Sur, y a las acusaciones del Tribunal Penal Internacional por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad por las limpiezas étnicas contra tribus cristianas y animistas, incluidas las masacres cometidas por las barbáricas milicias JanJauí en Darfur.

Ver multitudes reclamando a los militares el derrocamiento de Al Bashir es una verdadera novedad histórica. Y mientras eso ocurre, en Libia las fuerzas del general Hafter y las que responden al Gobierno de Acuerdo Nacional que encabeza Fayez al Sarraj están comenzando a librar la batalla final por Trípoli.

Lo que ocurre en Libia sería el tardío desenlace del conflicto iniciado por la Primavera Árabe, proceso que reabrió la división natural entre Este y Oeste que había unificado por la fuerza el colonialismo italiano.

La rebelión que desató este largo y devastador conflicto, comenzó en Cirenaica, la región del Este que centralizó el poder en los tiempos del rey Idris, pero lo perdió a manos de Tripolitania, la región del Oeste a la que trasladó el eje del poder Muhamar Jadafy.

Jalifa Hafter fue uno de los militares que derrocó la monarquía en 1969, pero ahora es el caudillo de Cirenaica y su ejército está sitiando Trípoli para que Libia se reunifique, ahora con el poder asentado en las dos grandes ciudades del Este: Bengazi y Tobruk.

Tripolitanos y cirenaicos siguen pulseando sobre los escombros del ancien regime, mientras en Argelia y en Sudán siguen apareciendo brotes del proceso histórico que parecía terminado: la Primavera Árabe.

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