Claudio Fantini
Claudio Fantini

Lo público y lo estatal

Con poca dignidad política, algunas izquierdas quieren aprovechar el escenario de la pandemia para imponer su visión ideológica del Estado y de la propiedad.

Al fin de cuentas, a la revolución la está haciendo un virus. No la conciencia de clase ni la vanguardia esclarecida, sino un microorganismo que no tiene intereses ni ideología. Ni siquiera tiene intencionalidad.

Resignados a que las “revoluciones” reales terminaron en dictaduras que fracasaron en la creación de riqueza y bienestar, intentan que un virus devastador les permita imponer lo que las sociedades rechazan en sus plataformas partidarias.

Cuestionar ese oportunismo políticamente indigno no implica negar que la pandemia debería producir cambios profundos; que esos cambios deberían ir en el sentido de la equidad social y que en el diseño y en la creación de esa nueva realidad debe tener una alta participación lo público, además de lo privado.

Precisamente por los problemas de burocratización, politización y corrupción que han inutilizado al Estado, para hablar de lo que debería dejar la pandemia es mejor hablar de “lo público” y no de “lo estatal”.

En Argentina, la diputada kirchnerista Fernanda Vallejo propuso que a cambio de la asistencia estatal a empresas privadas, el Estado se quede con acciones de las empresas asistidas.

Hubo una reacción inmediata contra esa idea. Pero en la mayoría de los casos se trata de una reacción tan ideologizada como el razonamiento de la legisladora oficialista. Muchos de los dirigentes argentinos que pusieron el grito en el cielo, verían con total normalidad que los bancos privados se queden con acciones y lugares en los directorios de empresas a las que hayan dado una asistencia financiera, sin embargo se escandalizan si al mismo paquete accionario y puesto en el directorio se los queda el Estado.

El problema es que la idea planteada por la diputada kirchnerista y sostenida por muchos en esa ala del oficialismo, no hace referencia a un nuevo concepto de “lo público” sino al existente Estado burocrático, inútil, corrompido y colonizado por dirigencias políticas.

La fuerza política que lidera Cristina Kirchner incrementó de manera exorbitante la burocratización, la inoperancia, la corrupción y la colonización del Estado argentino. Pues bien, ese aparato elefantiásico y esclerotizado no sería el verdadero poseedor de esas acciones en las empresas asistidas, sino la dirigencia que se considera vanguardia esclarecida y que usa al Estado como si fuera una propiedad de su facción política.

El Estado kirchnerista nada tiene que ver con el modelo escandinavo o neozelandés. No es una estructura adecuada para representar “lo público” al estar conducida con rigor, ética y profesionalismo por expertos en las distintas áreas, que a su vez delegan funciones en otras personas caracterizadas por su alta idoneidad y su capacitación en la materia.

En Argentina, como en la mayoría de los países latinoamericanos y de buena parte del mundo, las dirigencias partidarias no reparten puestos de mando entre los más competentes e intachables, sino entre los afines y leales, quienes a su vez convierten la administración pública en una fábrica de empleo y de financiación para los militantes y aliados políticos.

El Estado que el kirchnerismo quiere en los directorios de las empresas privadas está colonizado por el gobierno de turno y sirve al interés partidario. Por eso, la concepción populista del Estado es tan inútil como su contracara ideológica, el “No-Estado” neoliberal, para ocupar el lugar de “lo público” en la nueva realidad.

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