Claudio Fantini
Claudio Fantini

Con los peores de la pandemia

En el mismo momento en que el presidente Donald Trump le decía a los norteamericanos que “no tengan miedo”, las estadísticas decían que ya son más de 210 mil los muertos por coronavirus en los Estados Unidos.

El presidente acababa de abandonar la internación sin el alta médica y de quitarse el barbijo como quien se quita cadenas, cuando recomendó no temerle a la enfermedad como si el porte saludable que lucía probara que es inofensiva. O como si la mayoría de los ciudadanos pudiesen acceder a cuidados médicos como los que recibe el presidente.

Dijo “no tengan miedo”, cuando la responsabilidad de su cargo le imponía decir “norteamericanos, cuídense y cuiden a los demás”.

Días antes paseó en auto por los alrededores del centro médico Walter Reed para saludar a simpatizantes. Con las ventanas del vehículo cerradas y a menos de medio metro de distancia de los agentes que lo llevaron, Trump puso en riesgo a esos dos acompañantes.

Por esas horas, en la Casa Blanca, donde no se usaba barbijo ni se respetaba el distanciamiento social, crecía la cifra de funcionarios contagiados. Pero el presidente, convaleciente aún, escenificaba una salud triunfal. Sólo le faltó hacer un brindis con hidroxicloroquina. Aunque con lo actuado se confirmó en la vereda de los gobernantes irresponsables.

Frente a la pandemia, los gobernantes del mundo pueden clasificarse en dos grupos: los que actúan responsablemente y los que lo hacen de manera irresponsable.

El primer grupo es ampliamente mayoritario y el tiempo dirá cuales acertaron más con las políticas antipandemia, cuales aceptaron menos y cuales se equivocaron. Pero lo que tienen en común es haber asumido la crisis sanitaria de manera responsable.

Los de la vereda de enfrente dieron el primer paso hacia la irresponsabilidad al negar la gravedad del inédito trance.

El negacionismo no es una cuestión ideológica. Lo asumieron desde ultraconservadores como el presidente de Brasil Jair Bolsonaro, hasta izquierdistas como el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador y el déspota nicaragüense Daniel Ortega.

Afirmando que el problema sanitario no era de gravedad y casi no afectaría a México, López Obrador exhortó a los mexicanos a mantener una vida normal y “llenar los bares y las tabernas”. Su diferencia con los demás negacionistas, es que cambió de posición ni bien comenzó a comprender la realidad de la pandemia. En cambio el líder sandinista mantuvo el negacionismo y convocó grandes marchas en las que pedía a los nicaragüenses abrazarse.

En la misma dimensión del absurdo desplegaban su negacionismo otros déspotas del mundo; como Aleksander Lukashenko, quien aseguraba a los bielorrusos que el COVID-19 “se cura con vodka y sauna”.

Pero hubo autócratas que se adentraron aún más en el absurdo. Por caso, Gurbanguli Berdimujamedov, quien decretó la prohibición de las palabras “coronavirus” y “pandemia” en los medios de comunicación de Turkmenistán. Y fue aún más lejos: ordenó que sean detenidos los transeúntes que estuvieran con barbijo. Por esa disposición, muchos turkmenos fueron arrestados en las calles de Asjabad y otras ciudades del país centroasiático.

En la misma vereda de esos gobernantes, se colocó el presidente de Estados Unidos desde el comienzo de la pandemia, al sabotear el distanciamiento social y promover la cloroquina, a contramano de lo que recomendaban las entidades científicas más prestigiosas.

Trump sobresalía en la vereda de los irresponsables con afirmaciones improbables pronto desmentidas por la realidad, como la inminente desaparición súbita del coronavirus que anunciaba.

La pregunta es cómo procesará la sociedad norteamericana tener un presidente que, aún infectado, se mantuvo parado en una vereda repleta de autócratas desopilantes.

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