Claudio Fantini
Claudio Fantini

La “odisea” de Donald Trump

En Estados Unidos, los impeachments siempre son impulsados por razones puramente políticas o partidistas.

En el siglo XIX, al presidente Andrew Johnson lo sentaron en el banquillo de los acusados los detractores de su política de reconciliación con los sureños y de reconstrucción de los estados más dañados en la Guerra de Secesión.

No fue la defensa de la Constitución sino odios incubados en aquel conflicto, lo que motivó el juicio político contra el vicepresidente de Abraham Lincoln que lo sucedió tras el magnicidio.

En los años ’70 fueron los demócratas los que se interesaron por las revelaciones de Bob Woodward y Carl Berstein sobre el caso Watergate.

Les activaba la curiosidad su aversión a un presidente conservador que dio los pasos que debió haber dado el demócrata Lindon Johnson: poner fin al desastre de Vietnam y acercarse a Mao Tse-tung desactivando el “terror amarillo”.

Lo que llevó a juicio político a Bill Clinton en 1998 fue el desprecio inquisidor de republicanos ultramontanos como Newt Gingrich, aunque a la luz de estos tiempos de “me too”, los demócratas debieran admitir que haber tenido sexo en la Casa Blanca con una jovencita de 22 años que ni siquiera era empleada sino apenas una pasante, no sólo fue inmoral por parte de un hombre que la duplicaba en edad; también fue abusar de su posición de poder. Hoy, la justicia lo consideraría de ese modo.

Actualmente, a muchos demócratas los moviliza la frustración por el éxito económico que está teniendo el presidente Donald Trump, además del desprecio a su conservadurismo duro y confrontativo.

Aún así, la diferencia entre el impeachment al presidente actual y los dos casos del siglo XX, está en que lo imputado a Clinton fue “perjurio”, no abuso del poder para obtener favores sexuales; mientras que, en el Watergate, los correligionarios de Nixon no bloquearon la presentación de pruebas y, al conocer las grabaciones efectuadas en el Salón Oval, dejaron de lado la filiación partidaria para actuar como deben hacerlo los congresistas: en defensa de la Constitución contra cualquier intento presidencial de situarse por sobre las leyes.

En las antípodas de aquellos republicanos que de haberse efectuado el juicio político que Nixon clausuró con su renuncia, lo habrían destituido, los congresistas conservadores de hoy evidenciaron desde un primer momento la decisión de exonerar a Trump.

Lo planteó explícitamente Mitch McConnell, el jefe de los senadores republicanos. No importa lo que podrían mostrar las pruebas y los testimonios de testigos claves. Para que no sucumban ante las evidencias, Trump hizo con sus senadores lo que Ulises hizo con sus marinos para que no se desvíen del rumbo prefijado al pasar frente a la isla de las sirenas: les tapó los oídos con cera para no escuchar su canto irresistible.

Como a los marinos del canto XII de la Odisea, la cera en los oídos republicanos les impidió escuchar testimonios que les probaría el “quid pro quo” que justifica la destitución.

Lo confirma la confesión del ex consejero de seguridad nacional John Bolton en un libro autobiográfico aún no publicado.

A pesar del ocultamiento, los norteamericanos pudieron escuchar lo relatado por Bolton porque The New York Times adelantó párrafos reveladores del libro.

Obstruyendo testimonios y pruebas cruciales, Trump logra impedir que el Congreso sea caja de resonancia de esas evidencias, pero acrecienta las sospechas.

Los senadores republicanos podrán exonerarlo, pero difícilmente puedan evitar que la historia los juzgue como “cómplices” que traicionaron, por razones partidistas, la misión que les confiere la Constitución.

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