Claudio Fantini
Claudio Fantini

La nueva realidad

Decir “nueva normalidad” es un oxímoron. Tiene razón el lúcido Martín Caparrós. El escritor argentino deparó en la utilización generalizada de un concepto que se niega a sí mismo. Lo normal no puede ser nuevo ni lo nuevo puede considerarse normal. O hay novedad o hay normalidad. Nunca las dos cosas.

Pero ese oxímoron es el que denomina al estadio en el que está ingresando el mundo empujado por el COVID-19. Y lo que intenta decir es que las sociedades y los individuos que las integran están obligados a dictarse nuevas reglas.

No se trata de una opción. Es el escenario que impone la pandemia. Las lecturas ideológicas o politizadas son lo se debe rechazar, descubriendo en ellas o bien el delirio obnubilado de los ideologismos o bien la señal corrosiva de la especulación política.

Ideologismo y especulación política son dos graves problemas en el escenario imperante. Todo el mundo se refiere al virus como “el enemigo invisible”. Pero su rasgo como “enemigo” no es su invisibilidad a los ojos, sino su carencia de ideología y de intereses.

El concepto “enemigo” alude a confrontaciones por ideologías o intereses contrapuestos. Pero el virus no tiene ni una cosa ni la otra. Por eso las lecturas ideológicas se vuelven absurdas; tanto las que describen una conspiración comunista para abolir la empresa privada como las que ven un arma neoliberal para distanciar a las personas y la idea de comunidad.

La construcción democrática de la nueva realidad impone aislar a las lecturas delirantes que producen los estupefacientes ideológicos y conjurar los riesgos de confrontación que genera la especulación política.

En el escenario del virus lo que debe cotizar políticamente es la inteligencia y la razonabilidad. También el sentido común, en el significado que le dio en el siglo XVIII el filósofo norteamericano Thomas Paine en proclama revolucionaria contra la corona inglesa: lo que tiene lógica y racionalidad.

Esas son las virtudes de la clase dirigente que debe incubar la pandemia. La ausencia de esas virtudes desenfoca el debate.

La cuestión no es vaciar las cárceles o dejar todos los presos adentro, sino establecer qué presos se pueden salir sin infectar de asesinatos, violaciones y asaltos la sociedad.

Pretender liberaciones indiscriminadas por delirios ideológicos es tan infeccioso como pretender que las cárceles sigan siendo las bombas de tiempo que son en estas circunstancias.

La cuestión no es cuarentena absoluta con economía paralizada, o todo lo contrario, sino la combinación en dosis adecuadas de cuarentena y funcionamiento de la economía.

El tema no es que gobiernen los científicos sino que, en una era de pandemias, se debe gobernar con asesoramiento de científicos.

Tampoco se puede plantear la dicotomía autoritarismo o libertades, derechos y garantías, como si el virus no introdujera nuevas acechanzas a los derechos y garantías que reconfiguran el concepto libertad.

No es en posicionamientos políticos ni ideológicos desde donde se vislumbran los caminos en un escenario inédito y, por ende, carente de brújulas y mapas. A la visibilidad la dan la inteligencia y la razonabilidad.

Esos son los ingredientes del pragmatismo imprescindible para que lo desconocido se vuelva manejable y soportable.

Es ese pragmatismo, que no es descarnado sino con valores humanistas, el que debería diseñar una nueva realidad que pueda sostenerse, o sea convertirse en la normalidad.

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