Claudio Fantini
Claudio Fantini

Netanyahu, el inhundible

No es que Benjamín Netanyahu sea un líder invencible, sino que quienes lo enfrentan parecen pusilánimes. Lleva cuatro años tambaleando contra las cuerdas, sin que aparezca la mano que lo envíe a la lona.

Ni si quiera la exitosa campaña de vacunación le permitió perforar el techo que le impide alcanzar una mayoría cómoda para gobernar. Pero vacunó su liderazgo para que las incoherencias, traiciones y denuncias de corrupción no lo saquen del poder.

En rigor, “Bibi” puede hacer cualquier cosa sin perder su núcleo duro. Puede procurarse impunidad en las causas de corrupción o puede traicionar un acuerdo como el que había firmado con Benny Gantz. Incluso puede aliarse con el islamista Mansur Abas sin tener las consecuencias que tendría cualquier otro que pactara con partidos árabes.

La última elección dejó a Netanyahu con posibilidad de seguir en el poder. Pero su fuerza radica en el divisionismo que impide formar gobierno a sus oponentes.

Sus adversarios se neutralizan entre sí. La última elección lo muestra con claridad a través del derrumbe del Partido Azul y Blanco. En las tres elecciones anteriores, esta fuerza centrista y su líder, Benny Gantz, disputaron el primer puesto cabeza a cabeza con el Likud.

Gantz no logró resolver las cuadraturas de círculo que atomizan al centro y la centroizquierda. Pero lo grave fue pactar con Netanyahu un gobierno de coalición.

Desde que Avigdor Lieberman sacó del gobierno a su partido, Yisrael Beitenu, para no seguir ligados a partidos fundamentalistas como Shas y Judaísmo Unido por la Torá, al Likud se le dificultó armar mayoría en la Kenneset. Su principal oponente tampoco lo lograba, por la dificultad de incluir a las listas árabes sin perder otros apoyos. Entonces, Gantz no tuvo mejor idea que aliarse con Netanyahu, el hombre al que tenía que sacar del poder. Gantz era visto como la única posibilidad de clausurar la era Netanyahu, pero defraudó esa expectativa al pactar con el líder del Likud un acuerdo negligente. Tomando como modelo el gobierno de coalición surgido de la elección de 1984, en el que los entonces líderes del Likud, Yitzhak Shamir, y el laborismo, Shimon Peres, se alternaron en la jefatura de gobierno dos años cada uno, Gantz acordó lo mismo, permitiendo a Netanyahu el primer turno.

A sus bases que se sentían traicionadas por haber dado dos años más de poder a quien debía quitárselo, Gantz le respondía que, gracias al acuerdo, después de esos dos años ya no gobernaría Netanyahu.

Dejándolo como un bobo que se deja engañar, el líder del Likud comenzó a usar el tiempo que le concedía el acuerdo y, en lugar de cumplir lo pactado, convocó a nuevas elecciones antes de tener que entregarle el cargo.

Faltar a la palabra de ese modo destruiría la reputación de cualquier líder político. Pero Netanyahu está inmunizado. Un porcentaje minoritario pero significativo de la sociedad parece sólo percibir sus notables logros económicos y aprueba con pasión nacionalista su geopolítica expansionista.

La negligencia de Gantz licuó el apoyo que había conseguido con la promesa de sacar del poder a Netanyahu. De un comicio al siguiente, el Partido Azul y Blanco pasó de disputar la primera posición, a volverse irrelevante.

El Likud ha tenido dos desprendimientos: Kadima, creado por Ariel Sharon, y Nueva Esperanza, de Gedeon Saar. Pero la opulencia económica alcanzada les impidió absorber porciones significativas de las bases. Los partidos ultra-religiosos no crecen ni decrecen. Fuerzas tradicionales como el Laborismo y el Meretz, siguen contrayéndose. Sólo el partido centrista Yesh Atid, que lidera Yair Lapid, muestra posibilidades de crecer.

¿Podrá Yesh Atid unir a la mayoría que quiere clausurar la era Netanyahu?

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