Claudio Fantini
Claudio Fantini

Mezquindad y negligencia

Cuando la esposa de Fernando Haddad levantó la remera de "La Cámpora" en el acto que encabezaba su marido, mostró la obtusa negligencia que forma parte de la explicación de por qué pudo ganar en Brasil el portador de un discurso aberrante.

Anna Estela y el kirchnerista argentino que le alcanzó esa camiseta con el nombre de una agrupación de ideología sectaria y antidemocrática, ingresaron a la historia universal de la estupidez por hacer algo que sólo podía sumarle al candidato ultraderechista.

Es obvio que ningún brasileño con consciencia del peligro que implica Bolsonaro, decidiría apoyar a Haddad porque su esposa reveló que simpatiza con Cristina de Kirchner y su fanática agrupación juvenil.

En cambio, muchos moderados que desprecian al PT pero entienden el grave peligro de convertir en presidente al portador de un discurso cargado de odio y violencia, pueden haber visto en ese gesto una gota más en el vaso que se derramaría sobre la abstinencia y el voto en blanco.

En la dramática campaña electoral brasileña, lo que no sumó, restó en el terreno del voto para no dejar la democracia al borde del abismo.

Todas las fuerzas que, aún siendo parte de una partidocracia mediocre y corrompida, representaban el mal menor ante la alternativa ofrecida por un candidato con incontinencia barbárica, especularon de manera irresponsable con la lógica del voto desesperado. O sea, la apuesta a que, quien pasara a la segunda vuelta, sea el candidato que fuere, vencería a Bolsonaro porque se impondría el voto en defensa propia.

Un discurso que promete alentar desde la presidencia la violencia política, racial y social como el de Bolsonaro, imponía gestos de grandeza que los demás candidatos no tuvieron. El principal acto de grandeza implicaba unir fuerzas en un frente de salvación democrática que bajara las banderas partidarias y postulara la defensa de la división de poderes, las libertades públicas y la Constitución.

La mezquindad y la mediocridad vencieron a la estatura histórica, allanando el camino al crecimiento de Bolsonaro en la primera ronda. En el triunfo ultraderechista que lo dejó a milímetros del Planalto, hubo un aporte de Lula. En lugar de priorizar una alianza democrática contra el discurso antidemocrático, racista y violento, postuló a un académico rechazado por el ala sindical de su partido y, como si fuera poco, le puso como candidata a vice a la titular del Partido Comunista.

Las usinas de Bolsonaro no habrán podido creer que el líder del PT les facilitara tanto las cosas. En la cárcel, Lula tomó las decisiones que no podían sino espantar clase media y ahuyentar moderados.

Debió corregir el error en la campaña del ballotage. ¿Cómo? Dejando claro (muy pero muy claro) que la prioridad era conjurar el riesgo de llevar Brasil hacia un extremismo que podría generar violencia política desenfrenada. Y dejando muy pero muy en claro que, de imponerse en la segunda vuelta, Haddad gobernaría con los demás partidos democráticos, sin obstaculizar el Lava Jato y sin caer en las tentaciones hegemónicas en las que cayó el PT generando el rechazo que fortaleció a Bolsonaro.

Por negligencia y falta de estatura histórica, ni Lula ni su candidato hicieron lo que debían hacer. Tampoco hubo grandeza en otros exponentes del campo democrático. Incluido Fernando Henrique Cardoso, quien siendo el mayor estadista y el más lúcido intelectual de la política brasileña, se limitó a balbucear que la sensatez en la segunda vuelta estaba en el voto por Haddad.

Eso que dijo era demasiado cierto como para decirlo en voz tan baja.

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