Claudio Fantini
Claudio Fantini

Otra mancha en el relato K

La condena a doce años de prisión dictada ayer contra el empresario kirchnerista Lázaro Báez, es un nuevo desafío a la fe con que los fieles seguidores de Cristina Kirchner resisten el peso de las evidencias sobre la maquinaria de corrupción que actuó durante los tres gobiernos anteriores del kirchnerismo.

El nombre con que se conoce la causa habla por sí solo: “La ruta del dinero K”.

La fe de la militancia que venera a la actual vicepresidenta, está atravesando otra prueba de fuego: la obscena exhibición del lado miserable de uno de los principales ideólogos kirchneristas: Horacio Verbitsky.

Esa militancia con predisposición a creer todas las justificaciones lucubradas en las usinas de propaganda oficialista, espera que alguien responda por qué “El Perro” mordió la mano del que lo vacunó.

Mientras continúa el sismo político por la revelación de vacunaciones de privilegio para miembros y allegados del poder, todavía no está claro por qué el influyente periodista, considerado uno de los ideólogos del kirchnerismo, sacrificó al hasta entonces ministro de Salud, al decir en una entrevista por radio “le hablé a mi viejo amigo Ginés González…y me llamaron para vacunarme en el Ministerio”.

De Verbitsky se pueden decir muchas cosas, pero no que le falte inteligencia. Se puede decir, como han dicho muchos, que durante la dictadura pudo quedarse y seguir libre, mientras sus camaradas en la cúpula de Montoneros huían del país o desaparecían secuestrados por “grupos de tareas”, porque colaboró con el régimen militar convirtiéndose en protegido de la Fuerza Aérea.

Se puede afirmar, como lo hizo Alberto Pérez, jefe de Gabinete del gobierno bonaerense que encabezaba Daniel Scioli, que mientras la dictadura masacraba y torturaba el ex jefe de inteligencia de Montoneros “le escribía los discursos a (los militares genocidas) Agosti y Graffigna”. Incluso se puede decir, como lo hace el ex funcionario kirchnerista Guillermo Moreno, que “dos de cada tres cosas que escribe son falsas”.

Lo que no se puede decir de Verbitsky es que no sea inteligente. El autor de “Robo para la corona” es lucidísimo y también capaz de destruir a quien ponga en la mira de sus artículos o de sus operaciones políticas. En sus alrededores siempre hubo voces afirmando que le dicen “el Perro” porque ataca con saña a quien cuestiona su pasado o a quien considere oportuno destrozar.

Pero hasta sus críticos más duros quedaron intentando entender por qué destrozó a Ginés González.

Pidió perdón por haberse valido de su influencia para vacunarse, en un país donde falta vacunar la casi totalidad de la población y la inmensa mayoría del personal sanitario que está en la primera línea de lucha contra la pandemia. Pero no explicó por qué reveló por radio que había sido vacunado de manera indebida e inmoral, poniendo en el cadalso político al funcionario que le hizo el favor que él le había pedido.

Al enterarse de que el diario Clarín sabía de las vacunaciones de privilegio y se disponía a publicar un informe con la lista de privilegiados, podría haber llamado a su “viejo amigo Ginés” para darle la oportunidad de coordinar juntos una coartada.

También podría haberse limitado a decir que se había vacunado, sin revelar a quién le había pedido el favor de que lo adelante a la inmensa cola de vacunaciones imprescindibles que hay en un país con muy pocas vacunas. Pero dijo lo que dijo, haciendo rodar la cabeza del ministro.

Hubo premeditación y alevosía. Al carácter alevoso de la delación lo revela haber dicho “mi viejo amigo”.

De ese modo, circunscribió la delación al funcionario aludido. Fue sólo Ginés González García, en virtud de una supuesta amistad, quien perpetró la inmoralidad con las vacunas que necesitan con desesperante urgencia miles de enfermeros y médicos, y que aún no han sido inoculadas a millones de personas vulnerables.

¿Fue un acto miserable? ¿O fue una operación política para que el estallido del escándalo impacte en determinado sector de la coalición oficialista?

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