Claudio Fantini
Claudio Fantini

Macri en el huracán Carrió

El sismo provocado por la embestida de Elisa Carrió contra un ministro de Macri, desató una crisis en el oficialismo.

La pregunta comienza a repetirse en las cercanías del presidente. Con sus cuestionamientos y desplantes ¿Carrió fortalece o debilita al gobierno? ¿le suma o le resta a la coalición Cambiemos?

Hasta aquí, pocos se atrevían a contradecir una suerte de verdad sacralizada en el macrismo: “Lilita es la prueba de tolerancia presidencial ante la crítica, y la garantía ante la sociedad de que el gobierno está decidido a luchar contra la corrupción en sus propias filas”. Pero en los últimos días el interrogante retumbó con sonoridad estruendosa.

¿Por qué se hace audible ahora una duda que irrumpió con las primeras embestidas de la emblemática legisladora contra su propio gobierno? Porque ese gobierno ha entrado en su etapa de máxima debilidad.

La duda no se plantea por la conducta de Carrió, sino por la debilidad extrema que avanza sobre la imagen del presidente desde que se desató la crisis cambiaria obligándolo a recurrir al FMI y a iniciar los drásticos recortes que hasta aquí había evitado.

Con el ajuste impactando en los sectores de la sociedad que votaron por Macri, cada vez son menos los que culpan totalmente por la crisis al desastre dejó el kirchnerismo. A tres años de haber asumido, que todos los indicadores (déficit, inflación, deuda etc) hayan empeorado, acentúa la sensación de que el gobierno de Cambiemos agravó la crítica situación económica y social que había heredado.

Ahí está la diferencia entre los efectos que tenían los desplantes de Carrió antes y los efectos que tienen ahora.

Con la imagen de Macri aún fuerte, como en el primer año y medio, las embestidas de la socia indómita sumaban vigor porque acentuaban el contraste con el verticalismo obsecuente que imponían Néstor Kirchner y Cristina Fernández a su disciplinado ejército de funcionarios, comunicadores y dirigentes. Nadie se atrevía a dudar públicamente de los dos líderes supremos. Y quienes osaron hacerlo, fueron fumigados por el mismo aparato periodístico de linchamiento que denostaba a los opositores y críticos que los cuestionaban y denunciaban corrupción.

“Lilita” era la voz que marcaba la diferencia con el personalismo verticalista y autoritario.

Lo que antes molestaba en el oficialismo no era el rol jugado por Carrió, sino la forma de desempeñarlo. La adusta seriedad que la caracterizaba en los comienzos de su valiosa lucha contra toda forma de arbitrariedad en la función pública, lleva tiempo cediendo lugar a un vedetismo sobreactuado y veleidoso.

El papel de guardiana de la ética pública que cumplía con eficiencia y coraje, empieza a deslucir ante la acentuación de su mesianismo histriónico.

Lo que antes vigorizaba la imagen del gobierno, como prueba de amplitud y tolerancia con la crítica y la pluralidad interna, ahora agrava la debilidad de Macri, sin fortalecer la imagen de Carrió, no sólo por ese ego vedético y mesiánico; también porque con la crisis golpeando sus bolsillos, las críticas y debates oficialistas que más valorarían los argentinos pasan por la economía.

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