Claudio Fantini
Claudio Fantini

Lady Di; El poder de la tristeza

Por qué cautivó tanto Diana Spencer? ¿Qué tenía Lady Di para despertar el afecto popular que se transformó en un mar de lágrimas cuando murió, hace 23 años?

Por cierto, fue una mujer bella y encantadora, pero eso no explica el fenómeno. Tampoco que tanta prensa británica y mundial la considerara una plebeya convertida en princesa. En realidad, no había nada de cenicienta en la heredera de la gran fortuna de su padre, John VIII, conde de Spencer, y nieta por parte de madre del IV Barón Fermoy.

Rica y aristocrática, la conmoción que provocó su paso por la Casa Windsor y su muerte en un accidente no se puede explicar por haber sido una plebeya en la circunspecta realeza británica.

Tampoco hubo ninguna acción de su vida de princesa que parezca determinante en la explicación del fenómeno. Hizo mucha acción humanitaria y se destacó apoyando las campañas internacionales contra las minas antipersonales, pero eso no parece explicar su inmensa popularidad. Obviamente, haber muerto joven y en un accidente de tránsito explica en buena medida la ola de dolor que rebasó las islas británicas.

De todos modos, la particularidad de Diana Spencer, ese toque que no sólo la convirtió en estrella de las revistas del corazón, sino que fundamentalmente la hizo tocar el corazón de mucha gente, es diferente a lo que dio notoriedad a otras mujeres de la nobleza.

En materia de sentimiento, a Catalina la Grande la distinguió haber aborrecido a su marido, el pusilánime y miserable zar Pedro III, hasta el punto de haberlo derrocado para quedarse con su trono, desde el cual impulsó una gran expansión territorial de Rusia. A la moralista y hierática reina Victoria la distinguió haber estado locamente enamorada del primo que se casó con ella convirtiéndose en príncipe consorte del Reino Unido: Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha. A la duquesa de Windsor Wallis Simpson la distinguió del resto haber sido una verdadera plebeya que, además, tenía dos divorcios a cuestas cuando se casó con el rey Eduardo VIII, al que había enamorado hasta el punto de hacerlo abdicar al trono a favor de su hermano Jorge VI.

En cambio, lo que caracterizó a Diana Spencer fue la tristeza. Una tristeza que el pueblo británico y buena parte del mundo vinculó al desamor de su marido, el príncipe Carlos.

No es común que los miembros de la nobleza hagan tan visibles sus sentimientos. Mucho menos los miembros de la Casa Windsor, marcados por el hermetismo emocional que se acentuó durante la era victoriana.
Pero la princesa Diana dejaba ver su tristeza, que todos vinculaban a la relación de su marido con Camilla Parker Bowles. Que una mujer tan bella y rica se viera triste, la convirtió en la protagonista de una suerte de reality show cuya escenografía era nada menos que los palacios de Buckingham y Kensington.

Por cierto, debido a lo que implican los matrimonios arreglados y el peso de vivir encarceladas en protocolos y bajo la mirada convergente de la sociedad, quizá la tristeza sea la regla y no la excepción en la nobleza. Pero son muy pocos los casos conocidos, la tristeza visibilizada.

En el pasado lejano está el caso de Juana I de Castilla, “la Loca”, hija de Isabel la Católica y Fernando de Aragón. Y en el presente está Masako, la esposa del emperador japonés. Pero la razón de su tristeza, hecha pública antes de que su esposo Naruhito se sentara en el trono del Crisantemo, es una abrumadora depresión acompañada de un “desorden por stress”, según un diagnóstico del 2004.

Igual que Masako, Lady Di no ocultaba la tristeza. Pero en su caso, al menos en el imaginario popular, ese estado melancólico era producido por el desamor de Carlos y por la frialdad de los padres del príncipe de Gales.
No obstante, a la mayor proeza en esta novela la hizo Isabel II, la mujer que logró salvar su reinado de naufragar en la gigantesca ola de angustia que levantó la muerte de Diana en París.

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