Claudio Fantini
Claudio Fantini

Joe Biden y el genocidio armenio

Por cierto, hay preguntas que resultan inevitables ¿El presidente norteamericano habría reconocido el genocidio armenio si el líder turco no llevara largos años pateando el tablero de la OTAN?

¿Habría dado Estados Unidos este paso histórico y trascendente, si en lugar del sultánico Recep Erdogán desgarrando el vínculo turco-occidental, al país centroasiático lo siguiera gobernando el atatürquismo?

Probablemente, si Turquía siguiera gobernada por los partidos del nacionalismo secular y occidentalista que la gobernaron desde Kemal Atatürk hasta que llegó al poder Erdogán, el jefe de la Casa Blanca no habría tomado la decisión que en Ankara suena a declaración de guerra. Perder un aliado de alto valor estratégico mientras se tensan simultáneamente las relaciones con China y con Rusia, no parece una buena idea.

No obstante, el razonamiento contrafáctico puede dar un resultado erróneo si al accionar de Joe Biden lo guiaran consideraciones de carácter ético, como parece ocurrir en otros órdenes.

El exterminio que comenzó con las masacres ordenadas por el sultán Abdul Hamid II a fines del siglo XIX y que alcanzó el nivel más masivo de aniquilación bajo el régimen de los Jóvenes Turcos y el sultán Mehmet V, fue uno de los crímenes más atroces de la historia de la humanidad. Haber usado como pantalla del genocidio a las batallas de la Primera Guerra Mundial, hizo que el exterminio de los armenios de Anatolia inspirara el holocausto perpetrado por Hitler contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

Cuando el Congreso norteamericano aprobó la resolución 106 que reconoce y condena el genocidio armenio, el entonces presidente, George W. Bush, cuestionó la decisión legislativa calificándola de contraproducente y señalando el valor estratégico de tener una potencia aliada en Asia Central, clave en términos geopolíticos frente a enemigos como el Irán de los ayatolas y el terrorismo ultra-islamista.

Por entonces, el presidente de Turquía era el moderado Abdullah Gül y el gobierno que tenía a Erdogán como primer ministro aún no había empezado a dañar la OTAN y la sociedad política con Europa y los Estados Unidos.

El momento actual es diferente y éste presidente de Turquía recibió de Washington la bofetada más temida por el Estado turco: la denuncia contra el atroz crimen que Ankara quiere mantener en la impunidad, imponiendo al mundo hacer de cuenta que no existió.

En las antípodas de Trump, que ni siquiera usó la máxima presión diplomática y económica para obligar a Erdogán a detener la ofensiva militar de Azerbaiyán sobre el enclave armenio de Nagorno Karabaj, el presidente demócrata dio el paso que Estados Unidos debió dar hace muchos años: sumarse a la denuncia del genocidio perpetrado por el estado turco contra la población armenia del imperio otomano.

Erdogán ayudó al autócrata de Bakú, llham Aliyev, a dotar al ejército azerbaiyano de moderno armamento y lo lanzó contra Nagorno Karabaj, contando con la venia silenciosa de Rusia y con la parálisis occidental por la crisis en la relación entre Estados Unidos y Europa que había provocado Trump.

Aquella inacción occidental dejó a decenas de miles de armenios a merced del estado turco-azerí. El riesgo que eso implica realza la importancia del paso que dio Biden al reconocer el genocidio perpetrado por Turquía, porque advierte que una limpieza étnica contra el pueblo armenio-karabajsí no quedará impune como la guerra que el año pasado le arrebató la soberanía.

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